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EN TORNO A JOAQUIN MIR EN SU CENTENARIO Antonio Fernández Molina

EN TORNO A JOAQUIN MIR EN SU CENTENARIO Antonio Fernández Molina

La abundancia de movimientos que se han sucedido en los últimos cien años ha dado lugar a que dentro del arte actual tengan cabida las posibilidades mas diversas. Manifestaciones que se percibían como antagónicas conviven unas al lado de otras. Términos como los de vanguardia y academicismo han dejado de tener el sentido que poseían, aún no hace muchos años, pues tras el primero en frecuentes ocasiones, se ampara una actividad que viene a significar lo que se le oponía como su contrario, mientras que un amplio movimiento de artistas contemporáneos de evidente inquietud y calidad, a quienes puede aplicárseles la denominación de artistas de vanguardia, toman muchos de los modos de lo que se consideraba como pintura académica. Como resultado se ha llegado a un punto en el que más que la forma exterior, el movimiento tras el que se ampara el artista o al que parece pertenecer, lo que se valora es la calidad de lo realizado, su significación profunda, su necesidad y eficacia. Al mismo tiempo se ve de una forma nueva el arte de otras épocas y se siente interés y se valoran aspectos del arte no hace mucho considerados como etapas de escasa importancia. En definitiva podemos advertir puntos de contacto evidentes entre cosas que nos parecían alejadas, y admitir con idéntico entusiasmo diferentes manifestaciones. Sin duda esto nos ayuda a entender lo que han hecho tanto los pintores antiguos como los del inmediato pasado. Estos nos explican mejor a los actuales puesto que estos son una consecuencia de todo lo anterior.
A los cien años del nacimiento de Joaquín Mir, durante los que tantas cosas han sucedido en el campo de la pintura, nos encontramos situados en una perspectiva que nos permite captar su obra con una serenidad no exenta de entusiasmo y apasionamiento. Un artista como Joaquín Mir, de una personalidad humana como la suya invita a que nos adentremos por los vericuetos de la biografía. Los datos biográficos sin duda son útiles para situar al artista pero su obra vale por sí misma y sin esta poco significarían aquellos.
Como se sabe Joaquín Mir Trinxet vino al mundo en Barcelona en la fiesta de Reyes de 1873. De este modo llegó el regalo, en la forma aún de un recien nacido, de un significativo artista. No sabemos si la música festiva que acaso llegaría a sus oídos, entre los primeros ruidos que percibiera, marcarían de algún modo su personalidad. Las primeras impresiones tienen gran influencia en nuestro futuro desenvolvimiento y no hay duda de que los elementos musicales están en su pintura.
El padre de Joaquín Mir tenía un negocio de mercería y alimentaba la aspiración de que su hijo le sucediera en el. Aunque el artista no llegó a oponerse abiertamente, desde muy joven quiso ser pintor. Durante algún tiempo aceptó un arreglo familiar y compatibilizaba el ejercicio de su vocación con la representación de los artículos del negocio paterno. No eran años aquellos en los que un pintor principiante pudiera aspirar a conseguir de su arte algún dinero con los que hacer frente a las necesidades mas elementales. Tuvo algunos maestros y pasó, sin detenerse mucho en ella, por la Escuela de Bellas Artes de San Jorge. Pero esencialmente hay que considerar a Joaquín Mir como un autodidacta. Un pintor que se hizo a sí mismo y que las principales enseñanzas las recibió del estudio y la observación de la naturaleza y de aquellos artistas con quienes, al menos en alguna parte de su vida, se sintió afín.
En sus primeros tiempos con sus amigos Nonell, Pichot, Canals, Adriá Gual, pintó en los extrarradios de Barcelona. En aquellos momentos su pintura recoge escenas con tipos populares y ambientes humildes. Hay en ella reminiscencias de la escuela naturalista, como consecuencia del Romanticismo. La realidad y la naturaleza había hecho su aparición en el arte, frente a los temas elaborados exclusivamente en busca de una belleza que antes no se creía estuviera también en la realidad.
Pronto comenzó a llamar la atención. Con motivo de la Exposición General de Bellas Artes de Barcelona, en 1894, la Diputación de su provincia le adquirió su obra "Sol y Sombra". Y en 1897 el Ayuntamiento de Barcelona le compró "El huerto del Rector" presentada al mismo certamen de ese año.
Al año siguiente se trasladó a Madrid con objeto de aspirar a una pensión para estudiar en Roma. Pero aunque tuvo el voto favorable de Sorolla que entonces opinaba que aún le quedaba mucho que aprender como dibujante y confiaba plenamente en él como pintor, no consiguió la beca. De haberla logrado y haberse trasladado a Roma, es de esperar que su desenvolvimiento artístico hubiera sido muy diferente y acaso hubiera hecho de él un pintor cosmopolita, con merma de su personalidad. Aunque no consiguió la beca, en Madrid hizo amistad con los escritores del 98. Con los Baroja, Valle-Inclán, Azorín, los Maeztu. Especialmente encontró afinidades con Gustavo Maeztu, el gran pintor que aguarda una amplia revisión de su obra que le coloque en el lugar que le pertenece. Pero aún mas importante que estas relaciones lo fueron sus continuas visitas al Museo del Prado, Velázquez había sido el tema elegido para su disertación oral en los ejercicios de aspiración a la beca en Roma y Velázquez fue su gran admiración en el Museo del Prado y seguramente la máxima admiración pictórica de su vida. Velázquez, en el sentir de Mir el primer impresionista de la pintura, ejerció un indudable estímulo sobre su obra, aunque no pueda considerársele discípulo de aquel. El Conde de Peñalver, alcalde de Madrid, creador de la Gran Vía le compró el cuadro "San Madir" que había realizado como primer ejercicio de sus oposiciones a la beca. Durante aquellos años dedicó parte de su actividad a la ilustración en "L’Esquella de Torratxa", "Hispania" y "Elzevir ilustrado".
Acontecimiento de especial importancia fue la exposición en Barcelona de paisajes pintados en Mallorca por el belga Degouve de Nuncqués. De él valoró la estilización decorativa y simbolista. Ello le decidió a visitar Mallorca en compañía de Rusiñol. Y en Mallorca residiría de 1900 a 1906. Antes de partir de Barcelona pudo solucionar el problema económico, haciendo un contrato mediante el cual su tio Avelino Trinxet le pasaba una determinada cantidad mensual a cambio de la totalidad de la obra. El hecho nuevo por aquella época, causó sensación en los medios artísticos barceloneses. No mucho después Mir conseguiría desasirse de esos lazos y actuar por su cuenta, dueño de su producción.
En el momento de llegar Mir a Mallorca su pintura estaba ligeramente influenciada por los grises de Santiago Rusiñol, pero el encuentro con el paisaje de la isla le deslumbró. Tenía ante él unos nuevos colores y una luz de una claridad que en principio le turbaron. Le costó algunas semanas captarlos pictóricamente pero cuando lo consiguió se lanzó a la tarea de una manera vertiginosa y apasionada. Siempre pintó directamente del natural por lo que cada día, cuando el tiempo no lo hacía imposible, cargaba con los bártulos e iba a la búsqueda del lugar adecuado para trasladarlo a la tela. Vivió en Deyá y durante algún tiempo en La Calobra entregado frenéticamente a la tarea de pintar. Abunda el anecdotario mas o menos pintoresco de esta época pero lo esencial es su trabajo. Si cuando Mir llegó a Mallorca no hay duda de que era un pintor que tenía ante sí un importante porvenir, en la isla alcanzó su primera madurez y se inició su manera genuina de captar la naturaleza. Ello lo proseguiría después en distintos puntos, y con resultados pictóricos muy varios, como lo fueron entre otros Montserrat, Mollet, L’Aleixas, L’Alforja, Maspujol, Canyelles, Miravet, Villirana, Tarragona, Gualba, Sant Quirse de Safaja, Sant Pere de Ribes, etc., etc. No salió de España y pintó los paisajes de Mallorca y de diversos lugares de Cataluña, con matices diferentes dentro de su esencial unidad.
Mir no solo puede ser considerado como un impresionista sino que es esencialmente impresionista. Pero situarse solo dentro de esa escuela sería limitarle. Aparte de los elementos modernistas que hay en su pintura. Esa cercanía a la música ya aludida, la arquitectura espectacular de ciertas telas, el empaste matérico de muchos cuadros, una armonización en ocasiones altamente decorativa, hay también otras muchas cosas. De los impresionistas tomó lo esencial. El sentimiento directo de la naturaleza que le llevó hasta dejar inacabados algunos cuadros en elaboración avanzada porque ya no volvió con las telas a los lugares donde los había empezado. Su búsqueda en ocasiones sin escatimar trabajos y riesgos, de lugares que plásticamente colmaran sus aspiraciones de paisajista que busca el motivo como el cazador la pieza. Su amor a la vida al aire libre, la forma como usó del color, no de una manera mimética tratando de reproducir exactamente, sino de captar lo esencial recreando y creando sin dejar de serle fiel al modelo.
Como impresionista, cronológicamente, en relación al movimiento francés, fue un impresionista retrasado. Pero ello no quiere decir, ni mucho menos, que fuera un épigono, fue un impresionista importante y algunos de sus cuadros pueden figurar entre lo mas destacado que se ha hecho bajo el signo del impresionismo. Pero también el hecho de haberlo cultivado posteriormente al auge del movimiento hizo que se diera en él unido a otros caracteres que coordinan con su personalidad, se corresponden con su época e incluso preconizan modos y formas de expresión que llegarían a alcanzar un amplio desarrollo. "Roto su naturalismo inductivo inicial  -dice Juan Eduardo Cirlot- se abismó en una pintura lírica de ritmos movedizos, formas agrandadas y simplificadas, en las que el pormenor se sustituye por factores que, a la vez, son exponente luminista de los rutilantes efectos de la luz mediterránea y creación abstractizante factural. Chorreados de pintura, superposiciones de manchas pero sobre todo un sistema de puntos de color de variable tamaño establecen una red de valores plásticos que deforma y transfigura a un tiempo el paisaje real". En efecto, el acto de pintar era para Mir un acto de realización personal. Los testimonios de las personas que tuvieron acceso a este espectáculo confirman que durante el se transfiguraba, desarrollaba un caudal impresionante de energías. Los colores teñían rápidamente su ropa, caballete, el suelo y cuanto le rodeaba. Los pinceles los limpiaba en la camisa en los pantalones e incluso en las alpargatas, en la barba y en el pelo. Pintaba en un estado muy próximo al trance, poniendo en la superficie del cuadro una armonía interior que era el reflejo de lo que la naturaleza despertaba en él. Su forma de expresarse, plena de espontaneidad, apasionada, el modo como trató a la materia y la forma de reflejar la realidad, le situan en muchas ocasiones en un plano muy próximo al de las realizaciones de los movimientos de vanguardia de la última postguerra. Y si no puede decirse que el buscara una expresión de este tipo o que pretendiera de algún modo acercarse a ella, no hay duda de que poseyó una sensibilidad especialmente dispuesta para captar a través del ambiente de la época, lo esencial de ella y para realizar una obra poseedora de un dimanismo que le enlaza, desde un pasado que se remonta al menos a Velázquez, hacia el porvenir en el que, en determinada medida, su pintura suscitará emociones plásticas y ayudará al entendimiento de la naturaleza que le sirviera de modelo.

Antonio Fernández Molina

© Herederos de Antonio Fernández Molina


[El texto se publicó en la "Revista Balear" en 1974]

[En la imagen superior Pintura de Joaquin Mir]

Obituario de Antonio Fernández Molina por LUIS ANTONIO DE VILLENA

Obituario de Antonio Fernández Molina por LUIS ANTONIO DE VILLENA

 

OBITUARIO. ANTONIO FERNANDEZ MOLINA
Un poeta prolífico de escasa suerte literaria
LUIS ANTONIO DE VILLENA

Quizás avejentado, pero bien trajeado y con veraniego sombrero de paja, recuerdo a Antonio Fernández Molina -en Cuenca creo- en un congreso estival sobre el postismo, al que fui a dar una conferencia.

Para quien quisiera oírlo, casi todo en Fernández Molina era una queja o la implicaba. No siempre lo citaban entre los postistas (Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Chicharro hijo) y él había estado allí. Le faltaba reconocimiento, atención, posibilidades. Sé que los últimos años de este poeta han sido de lamento y ardua resignación.

La Literatura -la Poesía- no habían sido justas con él. Y sin embargo recorrió ampliamente sus caminos. Sabemos ahora, tristemente, que se quedó en puertas de casi todo. Acababa de ser propuesto como candidato al premio Príncipe de Asturias, y el ayuntamiento de su manchega ciudad natal quería hacerlo hijo predilecto. No ha dado tiempo.

Antonio Fernández Molina nació en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1927. Y era maestro. Muy joven, estuvo cerca de la vanguardia postista que, con Gregorio Prieto, Angel Crespo, Nieva, tanto tuvo que ver con esas tierras.

Con 24 años, Fernández Molina fundó y dirigió una de aquellas muchas y nobles revistas provincianas de la época, Doña Endrina.Luego fue secretario personal de Camilo José Cela, en Mallorca, siendo secretario (sustituyendo a Caballero Bonald) de la influyente revista Papeles de Son Armadans hasta 1967.

Su primer libro de poemas se editó en Madrid, en 1953, Biografía de Roberto G. Ese mismo año publicó Una carta de barro. En Caracas, en 1956, se publica Semana libre y las fuerzas iniciales, y en Bilbao, en 1960, Sueños y paisajes terráqueos.

Antonio Fernández Molina tuvo plurales inquietudes poéticas, y se le puede encontrar entre la vindicación surrealista y el apetito de la palabra en libertad, igual que en la poesía más directa y comprometida (Leopoldo de Luis, en 1965, lo incluyó en su célebre antología Poesía social). Pasados esos años de reivindicación y lucha, la figura de Fernández Molina se desdibuja un tanto. Parece un poeta solitario que no ha hallado su sitio ni siquiera su camarilla, pese a existir tantas. Él no cejó, no obstante, en su actividad de poeta, antólogo, traductor y también pintor y dibujante. Desde hace años vivía en Zaragoza.Allí había publicado ya Arando en la madera (1975), Antología de la poesía cotidiana, y el que ha sido, hace un año, el último de sus libros en vida Aromas de galleta, para público infantil.Más allá de los linderos de la calidad, que Historia y crítica deben deslindar, queda claro que Fernández Molina -algo huraño, al fin- no fue un hombre con suerte literaria. Francisco Nieva, en sus memorias Las cosas como fueron, recuerda, fugazmente, a Fernández Molina entre los postistas: «sereno y extremadamente receptivo».

Antonio Fernández Molina, poeta, nació en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) en 1927 y falleció en Zaragoza el 20 de marzo de 2005.

[Este artículo de Luis Antonio de Villena se publicó en el diario El Mundo el lunes 21 de marzo de 2005. El lector lo encontrará en su contexto original en el enlace: http://www.elmundo.es/papel/2005/03/21/opinion/1773219.html]

[El retrato de Antonio Fernández Molina procede de la siguiente página:

http://www.hamacaonline.net/obra.php?id=660]

 

Antonio Fernández Molina, poema de Alfonso López Gradolí

Antonio Fernández Molina, poema de Alfonso López Gradolí

Nació en Alcázar de San Juan, aunque su familia
era de Guadalajara, pero no sé si ello importa
para esta carta o poema. Su abuelo estaba en Casas
de Uceda y era ganadero; el padre había muerto
       al comienzo
de la guerra española de los tres años. Las biografías
dicen que es universitario, años más tarde hace
        “Doña Endrina”,
una rara y excelente revista literaria, trabaja
       de maestro,
publica sus primeros libros y decide ser enterrado
       en Casas
(él llama así al pueblo que es protagonista en una
de sus novelas), donde conoce a su mujer Josefa
       Anastasia.
En este lugar, con sol de agosto, me ha enseñado
Sus dibujos, collages, acuarelas excepcionales.
       Antonio
Leonardesco, duchampiano, fascinante, competente,
creaba en sus grafismos formas larvadas de semilla,
de pre-formas, antiformas del campo mental
        del artista
con halos de luz, de fuerza, de oscuridad y muerte,
el renacimiento terrible de una agresividad oculta,
una continua apertura de lo ignoto
       y de lo que parece
superreal por ser la realidad otra que inventa,
       descubre
y fascina ya que viene del misterio. Las imágenes
de A. F. Molina son paisajes con árboles, montañas,
rocas, insectos, peces, pero nada es lo que parece
o nada llega aparecer que es tal cosa,
       no representan,
son algo que hubiera podido ser y lo que es si así
       lo dibuja.
Dicen que es un hombre sencillo y un artista raro
su país es únicamente el que se encuentra
       en su alma.
Su tierra es la que tiene calles viviendas,
Quizá en su infancia vio algunas destruidas.
Abandonadas gentes vagabundean por el aire,
no se sabe si buscan un refugio, pero habitan
dentro de su alma. Cuando está Antonio
        en su estudio
quiere encontrar la solución ante el lienzo
        y oye a veces
esquilas y balidos de un rebaño imaginario, las ovejas
cruzan la superficie del cuadro, vuelve su infancia
     campesina,
la luz, olor del pueblo y como en el poema
      de Roberto Goa
el pintor tiene en su mano en vez del pincel
       la hoz segura
que conseguirá la hierba para su ganado
        y en sus cuadros
las casas llevan zapatos y estos tiene ojos
       y los gallos
un reloj entre las plumas. En sus dibujos están
       las intenciones
expresadas de ordenar el caos y la confusión del mundo.
Si alguna vez hace un dibujo ordenado le añade
un elemento insólito, humorístico, una rueda
       en lugar de un pie,
un zapato donde debería estar una mano.
El pez aparece con frecuencia en sus obras
situado en el cielo, en los sombreros, en los tejados,
nunca en el agua ni en una pecera; cuando Antonio
tenía tres años le sacaron de un estanque
       en su pueblo
donde se había metido a coger peces y trasladarlos
        a otros lugares.
Alguien dice de él que es superrrealista o pertenece
        al arte del absurdo,
él traslada el mundo que nos rodea pero visto
       por la lente
de un radical desacuerdo, con burla, rechazo,
       evasión y miedo;
resulta todo teñido de una incoherencia aparente:
       dos lunas
en el cielo, un pez tumbado sobre un campanario
pueblerino.
“Crear lo que no vemos es poesía”, dijo alguien y
Antonio
pinta lo que sólo él ve: un gran insecto que es a
medias
una esquina y la otra mitad una criatura humana.
Pinta
lo que nunca verán otros, sabe que las cosas no
son limpias
y continúa haciendo cuadros o poemas, le recuerdo
con su gran carpeta llena de dibujos, subiéndose a un
barco,
dibujando en la butaca de cubierta. Grafismos a los
que no veo
antecedentes, la pierna que termina en una rueda de
bicicleta,
el brazo con dos manos, la puerta de la casa es una
cabeza,
los pájaros se hacen letras al caer al suelo.
Antonio Fernández Molina, cuántos libros has publicado,
llegando a Madrid para estar unas horas y desaparecer
deprisa,
qué importante vas a ser, lo que dirán de ti cuando te
mueras.


Alfonso Lopez Gradolí   


[Ester Molina, hija de AFM, nos remite este poema que Gradolí dedicó a su padre]

Antonio Fernández Molina, in memoriam por FERMÍN EDERRA ANDÍA

Antonio Fernández Molina, in memoriam por FERMÍN EDERRA ANDÍA

En ABC de Madrid apareció hace mucho tiempo la siguiente esquela: "Al Poeta Antonio Fernández Molina. Escritor Pintor en el segundo aniversario de su muerte que tuvo lugar en Zaragoza el 20 de mrzo de 2005. D.E.P.". Así, como queda reflejada sin que nadie se responsabalice de su publicación. Es decir, es una curiosa esquela anónima, que, por ello, me ha impresionado.

A Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927) le conocí en Alcalá de Henarés en el año 1951, cuando ambos encuadrados en las Milicias Universitarias hacíamos nuestras prácticas en el arma de Caballería., él como sargento y yo como alférez. En aquel entonces, Antonio, incomprendido en el ambiente en el que se movía, escribía versos continuamente en un cuaderno que llevaba consigo. Por azares de nuestras respectivas actividades de la vida militar fuimos trabando conocimiento, y conforme más le trataba más me subyugaba su entonces extraña personalidad, y el fondo y forma de sus versos y poemas que, de vez en cuando, me dejaba leer.

En muchas ocasiones se refería a las incompresiones de que era objeto y me leía alguna poesía alusiva al momento en que vivía, como ocurrió una noche en que dialogando en un café de Alcalá, lleno de humo y de ruido, después de contarme su etado anímico lo concretó en el siguiente poema:

Siendo deseos de salir gritando.

No puedo más, arde mi pecho.

Una montaña encima de los hombros

y el crepúsculo mísero a lo lejos.

Escucha, compañero, no te marches

que está mi soledad anocheciendo

y con las sombras llegará despacio

la vaguedad intensa del silencio.

¿Por qué los vientos me golpean

las espaldas famélicas?

Soy ángel de ceniza, tú lo sabes

y la ceniza se la lleva el viento.


El verso me produjo una impresión profunda, pues lo improvisó ante y para mí, y con él me quedé. Refleja, a mi juicio, perfectamente las inquietudes y zozobras del momento en que vivía, y la angustia que sentía en su interior.


Le consolé lo mejor que supe y pude y durante nuestra corta estancia en la ciudad del Henares se estrechó nuestra amistad y yo le ayudé en lo poco que podía y estaba a mi alcance, concretado, casi únicamente a escucharle y animarle en su labor literaria todavía incipiente. Abandonada la vida militar, en muchos años no había vuelto a tener noticias suyas y me preguntaba continuamente que habría sido de él, si habría seguido con sus intenciones inclinaciones literarias que a mí me parecía que tenían que cuajar en algo importante, dadas su sensibilidad y perspecacia e inteligencia, de las que me dio pruebas abundantes.

Así las cosas, un día me enteré, casualmente, que en la Galería Orfila, en Madrid, se celebraba una exposición de cuadros de Antonio Fernández Molina, que supuse era mi poeta del comienzo de los años cincuenta y allí puede comprobar que efectivamente Antonio seguía vivo y batallando, además de las letras, en otra actividad nueva, cual era la pintura.

Al poeta no pude verle, pues vivía en Mallorca y cuando fui de visita a la Galería ya había vuelto a su isla.


Posteriormente, en la misma Galería Orfila tuve la suerte de localizarle, en una nueva exposición de sus  pinturas. Me presentó a su esposa, le entregué "nuestro" poemita y hablamos de los antiguos tiempos. Antonio ya no era el poeta que yo conocí, ni física ni animicamente.

Desde entonces, hace ya unos años, no había sabido nada nuevo de Antonio, hasta que la publicación "El Punto de las Artes", que recibo periódicamente, me dio noticia de su fallecimiento. Pero curiosidades de la vida, en la última Feria de Otoño del libro viejo y antiguo (29 septiembre-15 octubre 2006) me encontré con un libro de Antonio de título: El cuello cercenado, poesías que escribió entre los días  11, 12 y 13 de noviembre de 1954 en Uceda (Guadalajara), donde ejercía su magisteria en las Escuelas de niños y adultos. El libro, editado por el Gobierno de aragón el 13 de noviembre de 2004, a los cincuenta años de haberse publicado y prologado por Raúl Herrero en abril de 2004, me rretrajo a los años juveniles y, en especial, al de mi conocimiento con Antonio.


Raúl Herrero ha rellenado el espacio en blanco qeu tenía sobre mi poeta, dando cuenta de que "meses después de la parición de El cuello cercenado, el poeta se casa con su prometida Josefa Echevarría. A principios de los años sesenta se traslada con su familia a Palma de mallorca para ejercer de secretario de Camilo José Cela y de la revista ’Papeles de Son Armadans?. En los setenta se traslada a Zaragoza desde donde desarrolla su particular obra hasta hoy".

Desde abril de 2004 hasta el 20 de marzo de 2005, no sabemos la actividad que desarrolló Antonio Fernández Molina, cuya esquela anónima nos recuerda su fallecimiento hace ya más de dos años.

Descanse en paz tan interesante e inquietante poeta.


Fermín Edarra Andía

Licenciado en Ciencias Económicas

Abogado

[El artículo se publicó en ABC en la sección Tribuna Abierta el 6 del 6 de 2007]

 

Recensión de Antología de poesía mística española en Revista de Espiritualidad

Recensión de Antología de poesía mística española en Revista de Espiritualidad

FERNÁNDEZ MOLINA, A. (ed.),
Antología de poesía mística española,
Libros del Innombrable,
Zaragoza, 2006, XIV, 254 pp.,
13,5 × 20 cm.

 

El autor (1927-2005), castellano, fundó la revista y colección de poesía Doña Endrina (1951); fue redactor jefe de la revista Despacho Literario, creada por Miguel Labordeta (autor que aparece en la antología), y secretario de redacción de la revista Papeles de Son Armadans, creada por Camilo José Cela; dirigió, además, la revista de creación y pensamiento Almunia. Creador infatigable y siempre atento a cualquier manifestación artística, supo transmitir en su obra la misma riqueza y libertad que testimoniaba en su vida diaria. Su amplia bibliografía da cuenta de sus dotes polifacéticas, pues le daba a la poesía, a la novela y otra narrativa, al teatro, al ensayo y a la antología (ésta es la cuarta escrita por él). El conjunto de su obra se encuentra en primera línea de las propuestas más arriesgadas y enriquecedoras de la literatura en castellano de su tiempo. En la presente Antología trabajó desde el año 2003 hasta el momento de su muerte, por lo que la publicación de la misma es póstuma, estando a cargo de Juan Francisco Nevado; hasta el diseño de portada en que, curiosamente, emplea el dibujo del Crucificado hecho por San Juan de la Cruz en el monasterio de La Encarnación de Ávila, ciudad que, por cierto, sale evocada en el poema «Qué bien sé lo que quiero», de Luis Felipe Vivanco (pp. 148-149), de quien es la traducción del francés del poema «Milagros en curso», de Juan Larrea (pp. 117-1119). Todo está relacionado, incluso la muerte del autor, que dejó sin acabar la obra, y tuvo que ser un hallazgo casual de su familia el que diera más material al editor a la hora de la versión definitiva de la antología (cf. p. XIII), que contiene unos poemas propios de Fernández Molina y un breve escrito sobre lo religioso en el arte (en «Apéndice», pp. 219-238). Faltan los poetas hispanoamericanos, pero es que se ciñó el ámbito de la compilación al territorio español. Ya se sabe que decir antología es decir injusticia (al menos, para los que no salen en la foto). Pero como nuestra razón parece necesitar de algunas pequeñas injusticias para despabilarse, bienvenidas sean estas obras en que se nos propone contemplar más allá de las palabras y más acá de los autores: la vida misma en que nace toda experiencia, especialmente la experiencia mística, de lo cual esta obra es una más, aunque distinta, en las numerosas compilaciones poéticas de tipo religioso o místico que ha ido viendo publicadas el siglo XX; desde Ernestina de Champourcín (BAC minor) hasta las de Melquíades Andrés
(BAC maior).—IHT.




Reseña de Antología de poesía mística española (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006) aparecida en Revista de Espiritualidad, 67 (2008). Pág. 540

Aroma de galletas

Aroma de galletas

[En la tarea de nuestra constante búsqueda en la red de noticias en relación con nuestro poeta encontramos a una joven que destaca el libro Aroma de Galletas (Editorial Media Vaca) como su favorito. Además publica el siguiente poema de Antonio Fernández Molina.]


Leo, leo, leo, leo,

sentado junto al fuego

durante esta

corta tarde de invierno,

a poetas de otro tiempo.

En sus momentos últimos

alguna mosca se pasea

entre las letras y los signos,

como borrones íntimos.

Alguna mosca muere.

Despacio y leve

fuera la nieve cae.

En mi espíritu llueve.

La noche llega de repente.

Prosigo la lectura a la débil

delicada y casi amarilla

luz de una bombilla.

La luz cede, cede

cede y desaparece.

Dentro del guante de la soledad

de la luz de un quinqué fraternal,

continúo la venturosa lectura

de textos de poetas

que semejan

ser aventuras

de museo. Leo

leo, leo, leo.

Aroma de galletas

Antonio Fernández Molina

[Si el lector desea visitar a esta entusiasta puede hacerlo en el siguiente enlace:

http://es.wordpress.com/tag/aroma-de-galletas/]

La solidaridad se hace arte

La solidaridad se hace arte ( El Periódico de Aragón - 27/01/2009 )

27/01/2009

POR ADRIANA OLIVEROS

 

El arte ha vuelto a ponerse al servicio de las causas solidarias. Y lo ha hecho en la recoleta sala Odeón de la capital aragonesa, ubicada en la plaza de San Bruno. Allí se inauguró este domingo una muestra de creadores de la tierra que han decidido apoyar con sus pinceladas la labor de varios centros en la India, que dependen de la Asociación Amigos del Orfanato Estrella de la Mañana, en la India. Ana Llombart y Marisa Vela, responsables de la oenegé, pusieron en marcha este proyecto, denominado Solidartix, con el que se pretende organizar ventas de obras de arte en exposiciones --en un futuro planean hacerlo incluso por internet-- con fines benéficos.

Pero poco imaginaban que la iniciativa tendría tanto éxito como el que han cosechado. En esta primera muestra han reunido más de cien obras. Tanto, que han tenido que ampliar la exposición al local colindante al Odeón, "porque ya no cabían las obras".

Fotografías de Alberto Duce, cuadros de Antonio Fernández Molina o de Ángel Aransay... Esta primera muestra de Solidartix se convirtió en un catálogo de obras de lo más diverso en el Odeón. Una exposición en la que también colaboraron otros sesenta artistas aragoneses, muchos de ellos de renombre, como Ignacio Guelbenzu y sus tocayos Mayayo y Fortún, Paco Simón, Galdeano, Mariano Viejo, Ruiz Anglada o Sergio Abraín, por citar solo a algunos. Incluso algunos galeristas como Pepe Cerdá o Cristina Marín se han puesto manos a la obra para aportar su granito de arena en esta exposición.

De aquí al 8 de febrero, los organizadores de la misma solo piensan en vender y vender y en todo lo bueno que podrán hacer con el dinero. "Tenemos allí varios orfanatos, uno de ellos para niños invidentes, y en todos hace falta alguna cosa", explica Marisa Vela. En uno de los centros hace falta personal docente, en otro hay que acabar las obras... Y allí la solidaridad de los zaragozanos pinta mucho.

 


José María Ariño Colás sobre Antonio Fernández Molina

José María Ariño Colás sobre Antonio Fernández Molina

[En la imagen superior Antonio Fernández Molina en una fotografía de Angela Ibáñez]

Después de no haber podido acceder a mi blog por problemas técnicos, aprovecho para rendir un modesto homenaje al poeta-pintor, novelista y ensayista manchego, afincado en Zaragoza, Antonio Fernández-Molina, a quien tuve la suerte de conocer hace unos cinco años y que nos dejó casi de puntillas hace seis meses. Aunque ya lo conocía indirectamente y había leído alguna de sus novelas como "Solo de trompeta", mi lazo de unión con el escritor alcazareño fue la revista Trébede, lamentablemente desaparecida hace más de dos años. Precisamente esta revista le rindió un homenaje en el número 73 de marzo de 2003, uno de sus últimos números, con la portada diseñada por Antonio: "Ramón Acín en Nueva York" y un gran número de acertados artículos. Pero Antonio, desde su humildad, recordará en la otra orilla que no fue valorado justamente en vida a pesar de su larga y profunda trayectoria literaria y artística. Sí que le han llegado, en cambio, algunos homenajes a título póstumo.
Mi homenaje de hoy - también a destiempo - es publicar una reseña inédita de su obra poética: "Fragmentos de una elegía permanente" publicada en 2002 por la editorial zaragozana "Libros del Innombrable" y dedicada a la memoria de Alicia Vidal de Biel, fallecida trágica y prematuramente. La reseña estaba preparada para Trébede, pero tras su inesperado y sorprendente cierre se la envié a Antonio en el verano de 2003. Él mismo me comunicó la noticia de la desaparición de Trébede en una calle céntrica de Zaragoza con estas palabras: "Creo que se va a tomar unas pequeñas vacaciones", que lamentablemente iban a ser definitivas.
Ahí va, pues mi homenaje a Antonio. Espero no se os haga pesada la lectura de esta reseña y os animéis a leer y conocer a este gran escritor, artista y, sobre todo, una admirable persona.

POEMAS DE LA ESPERANZA A GOLPES DE CORAZÓN
Antonio Fernández-Molina, "Fragmentos de una elegía permanente", Zaragoza, Libros del Innombrable, 2002, 70 páginas.

Cuando los sentimientos fluyen desde lo más profundo del corazón, cuando una sólida amistad entrelaza anhelos e inquietudes, cuando la presencia de la muerte se torna más cruel e inesperada, la poesía se transforma en una elegía permanente y vuela más allá de nuestros estrechos horizontes para encumbrarnos hacia las estrellas en busca de esperanza y serenidad con el fin de afrontar la cada día más difícil vereda de la existencia. Estas impresiones se desprenden de la lectura del breve poemario del novelista, poeta, dramaturgo y crítico de arte Antonio Fernández-Molina, publicado recientemente por la editorial zaragozana “Libros del Innombrable”. Fragmentos de una elegía permanente está dedicado a la memoria de Alicia Vidal de Biel, fallecida prematura e inesperadamente en septiembre de 2001. Su labor humanitaria en la India, compartida con su marido Emilio, y su talante optimista y vital han dejado, tras su ausencia, una estela agridulce de dolor, ausencia y soledad. Estas veinte composiciones, nacidas de la amistad del poeta con esta familia, no sólo son un homenaje y un recuerdo a Alicia. Cada uno de sus versos nos acerca de nuevo a un gran artista y a un excelente poeta que durante su larga trayectoria creadora ha plasmado con originalidad sus sentimientos en obras como “Platos de amargo alpiste” o “Sonetos crudos”.
La lectura sosegada y reflexiva de estos poemas nos acerca a la cruda realidad de la muerte que cual una sombra, un cataclismo, una noche oscura o un otoño permanente viene a alterar las sonrisas del amanecer, la placidez del paraíso, los estíos fugaces o el perfume de las margaritas estrelladas. El poeta manchego utiliza una serie de imágenes de herencia surrealista para sumergirnos en un clima de desasosiego no exento de momentos de lucidez y de suave melancolía. Desde la primera composición, el autor se rinde a los imperativos del destino y del azar, proclamando su insolencia: “No busques las respuestas en los bosques / con las preguntas, no busques los tesoros / acepta ya los frutos del azar / misericordioso e insolente”. El destino se erige en protagonista y se lleva a los elegidos a un ámbito incoherente y aparentemente absurdo: “Las alas del azar te han elevado / por encima de las nubes / algodonosas de la incoherencia”.
Alicia, desde el otro lado del espejo, se convierte en receptora privilegiada de los lamentos y reflexiones del poeta. Con ella participamos en esta lucha eterna entre el amor y la muerte y nos elevamos a un mundo de ensoñación y misterio: “Llevada por las alas del amor, / te vi en un vuelo inesperado / con la gracia de una / caudalosa catarata”. Al final, como en el famoso soneto de Quevedo, el amor traspasa las fronteras del más allá y triunfa decididamente de la muerte. Antonio Fernández-Molina, muestra una vez más su maestría en el manejo del endecasílabo: “Amor mueve la Tierra y las estrellas, / triunfa de las desgracias y la muerte, / construye con arena un muro fuerte, / adversas circunstancias torna bellas”. Sin embargo, la ausencia del ser querido deja un profundo vacío y la pena es como un río que crece y se agiganta: “El río de la angustia siempre / profundiza su tránsito, / crecen en el subterráneo de la pena / las hermosas raíces / de los abrazos y las lágrimas”.
La ausencia es recuerdo, inquietud y desasosiego. Una inquietud que se transforma en angustia y en vacío existencial cuando las preguntas del poeta – que son nuestras propias preguntas – no obtienen respuesta convincente. Este estado de ánimo surca con acertadas e inesperadas metáforas el ritmo cadencioso de los versos: la espina, el clavo, las cenizas, las tinieblas, la nieve dura, los relojes blandos,... conforman una escenografía desolada en medio de la cual la vida se esfuma como un miércoles efímero. El poeta retoma a los clásicos para confirmar esta verdad universal; glosa a Santa Teresa con estos versos: “Siempre es viuda la vida, / siempre es una muy mala noche en una / mala posada, Teresa lo decía”. Hay también un recuerdo del Garcilaso más solitario e incomprendido: “A los espíritus / nobles nadie puede quitarles / el dolorido sentir / ni aunque el sentido les quitaren”. Y hallamos también un poema que glosa el famoso verso de Bécquer: “Los suspiros son aire y van al cielo”.
Este poemario elegíaco se cierra con un soneto que deja abierta de par en par la puerta a la esperanza. Sólo desde la amistad, sólo desde el amor tiene sentido este fututo incierto e incoherente: “A todos en su día el amor grande / les llevará cogidos de su mano”. Es el colofón reflexivo a estos poemas que, como es frecuente en otras obras de Fernández-Molina, vienen acompañados por originales ilustraciones que muestran plásticamente el dolor – la luna que llora -, el amor – dos árboles entrelazados – o fluir inapreciable del tiempo – reloj coronando un campanario.

José María Ariño Colás

[En nuestra búsqueda intensa en la red encontramos una entrada en el blog josemarco que una incluye tanto un recordatorio del poeta, como una reseña de su libro Fragmentos de una elegía permanente por José María Ariño Colás. . Si deseas ver el texto en su contexto habitual puedes hacerlo en el siguiente enlace:

http://josemarco.blogia.com/2005/092701-antonio-fernandez-molina.php]