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antonio fernández molina
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De cómo Mallarmé salvó la vida de A F Molina

De cómo Mallarmé salvó la vida de A F Molina

Imaginemos un primer plano…

Las maniobras transcurren sin incidentes. El calor, el apetito y las escasas obligaciones enredan a la compañía en una improvisada merienda, a la que pronto se suma una bota de vino con el propósito, dudoso, de paliar la sequedad de la garganta. Al joven poeta que entonces era Antonio Fernández Molina le parece oportuno aprovechar el desconcierto para solazarse con el libro que oculta bajo el uniforme. Se tumba a la sombra de un árbol y comienza el poema Un golpe de dados de Shéphane Mallarmé (ahora se suele traducir como Una jugada de dados lo que evita el galicismo y al mismo tiempo amuerma el título)

Cuando disfruta de la lectura un estruendo le obliga a separarse del texto. En la algarabía general, fomentada por el alcohol y el refrigerio, la carga deficiente de un proyectil en el mortero provoca una violenta explosión y mueren la mayoría de  los reclutas. El poeta se dirige con premura a socorrer a los heridos. Entonces es consciente de su buena fortuna.

Ignoro si el caso alentó alguna manera de reprocidad, pero lo cierto es que Fernández Molina entregó su vida a la literatura y al arte. Evitó posturas dúctiles, defendió propuestas artísticas marginales y se preocupó de forjarse un criterio personal. En definitiva, fue un hombre libre, con talento y sincero. Tres características que si bien le dotaron de temperamento y valía, también le enfrentaron con los incapacitados para asimilar la espontaneidad que transmitía es sus juicios y acciones.

Pocos autores han rozado tanto lo excepcional. En consecuencia quienes le conocíamos bien, no nos extrañó en absoluto cuando le nombraron, como antes lo hicieran con Camilo José Cela y Fernando Arrabal, miembro del Colegio de Patafísica de París (ciencia que estudia las excepciones según su fundador Alfred Jarry). Era de justicia su pertenencia a tan célebre organización, ya que durante toda su vida le acompañó una inagotable curiosidad y una incansable dedicación a los olvidados, las excepciones, en definitiva. Así se ocupó de la plástica de escritores (Ángel de Saavedra, Víctor Hugo, José Moreno Villa, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca…), de la literatura de los pintores (Picasso, Dalí, Miró, Manolo Millares, José Gutiérrez Solana…), de las vanguardias y sus movimientos menos difundidos o más radicales (Postismo, Esterismo, Letrismo, Introvertismo, Body-art…), de artistas marginales o carentes de celebridad en su momento (Manolito “El Pollero”, Silverio Lanza, Xul solar…), de la pintura naïf…

Implicado en numerosas parcelas del prodigio creativo, tras su vida, deja, aproximadamente, 100 volúmenes publicados entre poesía, cuento, ensayo, novela, teatro y muchos otros de difícil clasificación. Por si esto fuera poco, a los ya contabilizados cabría sumar los firmados con heterónimos, siguiendo el ejemplo de sus admirados Pessoa y Antonio Machado, como Roberto Goa, Mariano Meneses…

Raúl Herrero, fragmento del libro Vientos en la veleta (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006)

[En la fotografía superior Antonio Fernández Molina durante la mili]

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