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Apuntes biográficos

Miró y A F Molina, charlan sobre la fraternización de la plástica y la poesía

Miró y A F Molina, charlan sobre la fraternización de la plástica y la poesía

A Miró, que de vez en cuando escribía poesía, le gustaba hablar de sus amigos poetas. Tuvo la suerte de vivir un ambiente donde la plástica y la poesía fraternizaban como antaño lo habían hecho en la obran de Blake y de Victor  Hugo. Casi todos aquellos poetas practicaban la plástica con mayor o menor dedicación, pero siempre con importantes aportaciones.

Un día lo llamé. Quería pedirle una cita para preparar una nueva entrevista que luego se publicó en Revista de Occidente. Me contestó que ese día estaba muy apretado de tiempo. Le manifesté cómo después de haber hablado varias veces con él de la fraternización de su plástica con la poesía, tema de la entrevista, me podía arreglar, si era necesario, con veinte minutos. Quedamos de acuerdo y acudí a la hora convenida.

Me esperaba sentado en el cuarto de estar donde repasaba unas revistas. Se inició cordialmente la conversación. Le hacía preguntas con cierta prisa para aprovechar el tiempo de que disponía y cubrí el objetivo en el espacio de tiempo que se me había asignado. Me disponía a levantarme pero seguía la conversación. Miró me comentaba animado y sin dar muestras de tener prisa por nada ni de estarle esperando ninguna ocupación y se prolongaba la charla. Por entonces había leído un libro muy interesante del poeta Máximo Alexandre, Memorias de un surrealista, donde habla de sus andanzas dentro del movimiento y de su ruptura con los surrealistas. En el libro cuenta cómo se enteró por el librero y editor José Corti, de la muerte de André Bretó. Conti le comentó como se decía que André Breton se había convertido en sus últimos momentos, cosa que sus allegados mantenían en secreto. Por entonces yo estaba especialmente interesado en el fenómeno de las conversiones y buscaba el libro de Máximo Alexandre titulado Sagesse de la folie donde se narraba la suya. Ante mi interés Miró se levantó del asiento y fue a buscar la dirección de la hija del poeta, monja en un convento de carmelitas, para dármela. No pudo encontrarla y seguimos la conversación. Me aproximaba hacia la puerta de salida por que no quería ocupar su tiempo si lo necesitaba. Pero Miró parecía ignorar el paso de los minutos y hablaba muy animado. Estuvimos en la puerta largo rato y salió unos pasos al exterior hablando conmigo de poesía, hasta mi partida.

Antonio Fernández Molina

© Herederos de Antonio Fernández Molina

Fragmento del libro Vientos en la veleta (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006)

ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA, EL HACEDOR

ANTONIO FERNÁNDEZ MOLINA, EL HACEDOR

 

 Las maniobras transcurren con calma. El calor, el apetito y las escasas obligaciones enredan a la compañía militar en una improvisada merienda. Como remedio a la sequedad de garganta, un recluta propone “templar” la bota de vino. Al joven Antonio Fernández Molina aprovecha el desconcierto para dedicarse al libro que oculta bajo la chaqueta del uniforme. Se tumba, distanciado del resto, a la sombra de un árbol, comienza la lectura de Un golpe de dados, de Stéphane Mallarmé (también se suele traducir como Una jugada de dados, lo que evita el galicismo, al tiempo que resta al título su pujanza). Una violenta explosión le obligá a separar la vista de la página. En la algarabía general, fomentada por el alcohol y el refrigerio, alguien cargó defectuosamente un mortero. Como consecuencia el arma estalla, mueren buena parte de los reclutas. A lo largo de su vida recordará con frecuencia cómo la lectura le hizo esquivar la muerte.

Ignoramos si el caso alentó alguna reciprocidad, pero lo cierto es que Fernández Molina entregó, con toda la riqueza y acepciones del verbo, su vida a la literatura y al arte. Fue un hombre libre, con talento, sincero. Tres características que si bien le dotaron de temperamento y valía, también le enfrentaron con aquellos incapacitados para asimilar la arrolladora independencia que transmitía en sus juicios y acciones. 

Pocos autores han rozado tanto lo excepcional. Por lo tanto, a quienes le conocíamos bien no nos extrañó en absoluto cuando le nombraron, como antes hicieron con Camilo José Cela y Fernando Arrabal, miembro del Colegio de 'Patafísica (ciencia que estudia las excepciones, según su fundador Alfred Jarry) de París. Era de justicia su pertenencia a tan célebre organización, puesto que siempre le acompañó una inagotable curiosidad, un incansable amor por los olvidados y los heterodoxos, por las excepciones, en definitiva. Y una desmedida admiración por Alfred Jarry. Así se ocupó de la plástica de los escritores (Ángel Saavedra, Victor Hugo, Moreno Villa, Lorca…), de la literatura de los pintores (Picasso, Dalí, Miró, Manolo Millares, José Gutiérrez Solana…), de las vanguardias y sus movimientos menos difundidos o más radicales (postismo, esterismo, letrismo, introvertismo…), de artistas más o menos marginales (Silverio Lanza, Manolito “El Pollero”, Xul Solar…) 

Publicó cerca de 100 títulos entre poesía, narrativa, ensayo, novela, relato, teatro y otros de compleja clasificación. A estos habría que sumar los aparecidos bajo heterónimos, siguiendo a la estela de su admirado Pessoa, como Roberto Goa, Mariano Meneses...

Su contribución a la novela enriquece el exiguo panorama español de corrientes experimentales. Lo que no le impide confeccionar narraciones de una claridad aparente, relativa, como Solo de trompeta (1965), además de otras tan crípticas como Rin-tin-tín cruzando los alpes (1984).

Es sencillo vincular su obra escénica al absurdo, al naif o al teatro de la crueldad, de Artaud. Sin embargo las peripecias de su creación dramática también poseen una fuerte influencia del cine mudo, sobre todo del ilusionista Méliès. En este terreno da muestras de una extraordinaria originalidad. Merece un lugar entre las empresas más arriesgadas y originales del teatro en castellano.

Es en el relato donde queda más patente su proximidad al “realismo mágico”, no tanto el hispanoamericano como el hispano heredero del postismo y el difundido en el arte por Franz Roh. Aunque conviene recordar que, en este sentido, para Fernández Molina su obra siempre refleja una realidad “innegable” y auténtica. Figura como autor sobresaliente en varias antologías del género (La mano de la hormiga, Grandes minicuentos fantásticos,Alfaguara, 2004). En la actualidad se le comienza a considerar “oficialmente” como un maestro del microrelato.

En el ensayo procura emparentarse con temas o visiones poco convencionales. Destaca la atención que presta a las relaciones entre plástica y literatura (traduce poemas de Max Ernst, Paul Klee, Wols y otros). Confecciona sugestivos ensayos sobre la Generación del 98, Goya y el cine, Dalí; varias monografías sobre artistas contemporáneos... (Fontecha, Rivera Bagur, Abd Victor, entre otros.)

Se desenvuelve en la pintura y el dibujo con espíritu cercano a Klee y, en algunas ocasiones, con tendencia limítrofe a la abstracción, o al informalismo del que Cirlot escribiera. Sin embargo, por lo general adopta un carácter figurativo, colindante al grupo COBRA y Chagall. Entre sus múltiples exposiciones individuales y colectivas citaremos la realizada en Berlín en 1987 donde compartió muestra con Gräss, Ionesco y Lucebert.

***

Según parece en una vivienda próxima a la vía del tren, en el importante nudo ferroviario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), nace Antonio Fernández Molina en 1927. Posteriormente se traslada a Alicante, Valencia y, finalmente, a Alcoy, donde muere su padre cuando tiene siete años. La madre decide instalarse con sus hijos en Madrid, en un piso modesto en el barrio de las musas, entre la calle de Quevedo y la de Cervantes. En sus escritos autobiográficos asegura que no recuerda cómo aprendió a leer ni a escribir. Vive con pasión el mundo de la calle y del barrio. Ya entonces disfruta contemplando libros en los escaparates y en la cuesta Moyano.

Cuando en 1936 comienza la guerra civil Antonio se traslada a Casa de Uceda, donde vive con su abuelo paterno, mientras su madre y su hermana se establecen en la localidad cercana de Viñuelas. En el colegio del pueblo sólo la lectura le estimula. La profesora, atenta a tal circunstancia, suministra todos los libros que puede al rebelde alumno, con el fin de pacificar la clase. Por entonces el poeta encuentra una maleta de su padre con manuscritos y libros. Este hecho le suministra nuevo material, al tiempo que le descubre la faceta de escritor aficionado de su progenitor. En esos días también comienza a desenvolverse en las labores del campo. En varios de sus escritos recordará su habilidad para concentrarse en la lectura mientras se ocupaba del trillo.

En 1940 Fernández Molina comienza a estudiar el bachillerato en Guadalajara. Con algunos compañeros del instituto intenta crear una revista literaria manuscrita.

En 1947 efectúa la reválida en Madrid. Un año después su amigo José Fernández Arroyo le presenta a Ángel Crespo. Lo que le lleva a asistir, en 1948, a una exposición en la galería Bucholz, donde se pone en contacto con el movimiento postista.

En 1949 inicia estudios de Derecho y Veterinaria que no completa. En Madrid se hace socio del Ateneo. Allí coincide, entre otros, con Fernando Arrabal. En el verano de 1960 Arrabal viajará desde Nueva York hasta Alpedrete de la Sierra (Guadalajara), donde Molina ejerce de profesor. Dentro del movimiento Pánico, fundado en 1962 en París por Arrabal, Jodorowsky y Topor, participa con algunas colaboraciones. A finales de los 90, Arrabal se traslada a Zaragoza en varias ocasiones para verse con su amigo, al tiempo que ofrece conferencias y participa en otros eventos, como el estreno de su película Borges: una vida de poesía.

En 1950 Antonio comienza sus estudios de Magisterio y la mili. Al año siguiente, con el dinero que recibe de su abuelo para comprarse un traje, funda la revista y colección de libros Doña Endrina. Por sus páginas pasarán poetas como Gabino Alejandro Carriedo, Gabriel Celaya, Ángel Crespo, Miguel Labordeta, Eduardo Chicharro, Félix Casanova de Ayala, Mario Ángel Marrodán… En el terreno plástico participarán Gregorio Prieto, Francisco Nieva, María Luisa Madrilley, Laguardia… Doña Endrina, como las revistas Deucalión, El pájaro de paja o Trilce, favorecen, en el ambiente de la posguerra, la difusión de proyectos de poesía dirigidos por jóvenes inquietos. Al tiempo, en Guadalajara, el poeta impulsa la tertulia Pan y Vino, a la que asisten: Antonio Leyva, Suárez de Puga, José Luis Aguado, el futuro cineasta Miguel Picazo… En 1952 participa por primera vez en una exposición colectiva organizada por Juan Ramírez de Lucas en la Asociación de Prensa de Madrid.

Se abre camino en la poesía en 1953 con Biografe;a de Roberto G. y Una carta de barro.

Muere su madre en 1954 y asume la dirección de la familia, que incluye a cuatro niños en edad escolar, hijos del segundo matrimonio materno. En 1955 se casa con Josefa Echeverria, una muchacha de Casa de Uceda, el pueblo de su abuelo. Será su compañera y musa inseparable. Durante el viaje de novios pasan por Zaragoza. Miguel Labordeta y algunos amigos de la O.P.I. les ofrecen una merienda, de la que se conserva testimonio gráfico fechado en septiembre de 1955. Ese mismo año publica El cuello cercenado, que entusiasma a Vicente Aleixandre, Ramón Gómez de la Serna, Joaquín de Entrambasaguas y Pedro Caba entre otros, donde adopta una estética más rupturista, con los amarres que se quiera, pero también con una voz personal presente en todo lo que desde entonces salga de su mano: prosa, poema, dibujo, pintura, teatro…

Impresionado por la poesía de Miguel Labordeta incluye en el primer número de Doña Endrina la Balada del profesor Gorrión. En ese tiempo se afianza la relación epistolar entre ambos. Por fin un día decide tomar el tren en Guadalajara y trasladarse a Zaragoza para conocer a su amigo. Con el tiempo estas visitas las repite siempre que puede. Cuando en 1959 Miguel Labordeta funda la revista Despacho Literario, le nombra redactor jefe. En el número inaugural edita Molina su primera pieza teatral: Las alumnas, recibida en Abc con elogios de Pemán.

Camilo José Cela, que entonces vive en Mallorca, aprovecha sus viajes a Madrid para asistir a las sesiones de la Real Academia Española y, además, conversar con Fernández Molina. En uno de esos encuentros propone Molina al futuro premio Nóbel la posibilidad de realizar un número dedicado a Silverio Lanza en Papeles de son Armadans, revista creada por Cela en 1956. Tras arduas pesquisas Fernández Molina obtiene material inédito y varias colaboraciones, entre ellas una del entonces joven profesor Ricardo Senabre. El monográfico se publica. El verano de 1963 lo pasa Molina en casa de Cela en Mallorca. Al año siguiente se traslada con toda su familia a la isla y ocupa el cargo de secretario de redacción de Papeles de son Armadans.

Supone un gran cambio para toda la familia el paso de los pueblos de Guadalajara, donde el poeta ejercía de maestro, a Palma de Mallorca. En la isla entra en contacto con Joan Miró, Robert Graves, Américo Castro y otras personalidades que circulan en torno a Camilo José Cela. Durante esta etapa decide dedicarse tanto a la pintura como a la literatura, su economía al fin le permite comprar materiales para su obra plástica, sus colaboraciones como crítico de arte aumentan; toma el pulso definitivo a la narrativa y a las primeras novelas… Por su casa de Mallorca desfilan personalidades como Pere Gimferrer o Julio Campal. Al poco de su llegada funda Cela Alfaguara y Molina aporta todas las ideas que se le ocurren. En 1966 para esta misma editorial prepara su ya clásica Antología de la poesía cotidiana. Un año antes había visto editada su prestigiosa novela Solo de trompeta, por muchos(Arrabal, Senabre) considerada una de las novelas imprescindibles de la posguerra española. Su primer libro de relatos, La tienda ausente, lo publica en 1967. Y es en 1969 cuando recibe el premio “Ciudad de Palma” por la novela Un caracol en la cocina, aparecida un año antes. Uno de sus títulos esenciales a la hora de valorar su poesía Platos de amargo alpiste, lo edita en 1973 la prestigiosa colección Ocnos.

Tras dejar Papeles de Son Armadans y Mallorca, en 1975 se establece con sus seis hijas y su esposa en Zaragoza. Miguel Labordeta había muerto en 1969 y su ausencia será un constante motivo de nostalgia. Sin embargo, en la familia Labordeta encuentra un sólido apoyo que le facilitará los diarios avatares.

En esta ciudad vivirá hasta su muerte en el año 2005. Zaragoza es el lugar donde vive más tiempo en toda su vida. Organiza en 1983 la Semana de Aragón en Nueva York; ofrece con asiduidad conferencias; participa en la creación de las revistas literarias El pelo de la rana y Almunia; publica más novelas; dos volúmenes que recopilan su teatro; desarrolla su vertiente de creador de peculiares guiones cinematográficos y de aforismos, a los que nombra Musgos; su poesía aumenta en cantidad y caminos; impulsa una buen parte de su tarea plástica... Y, sobre todo, su personalidad influye en el ambiente, así como en artistas y poetas de diversa índole. A pesar de no haber nacido en Aragón pocos han dejado una huella tan indeleble en el paisaje cultural.

En el año 2003, coincidiendo con los 50 años de la aparición de sus primeros poemarios, Libros del Innombrable editó una antología de sus relatos bajo el título: La vida caprichosa. Con este motivo se dispuso una gira literaria que le llevó por Barcelona, Valencia, Granada, Murcia y Madrid. Y fue precisamente en esta última ciudad, en el Museo Reina Sofía el 17 de octubre de 2003, cuando en compañía del poeta, entonces también Secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca y de Fernando Arrabal se le rindió un homenaje en una sala colmada. Aunque como luego Arrabal recordaría “no tanto como Molina se merecía”. Al acto también asistió el poeta José María de Montells. Desde su editorial Prensas y ediciones Iberoamericanas prestó al autor de El cuello cercando una esmerada atención, reeditando y favoreciendo la aparición de nuevos títulos.

Junto con Juan Eduardo Cirlot y Francisco Pino, Fernández Molina es, sino el más, uno de los poetas más insólitos de España. Su línea bebe tanto de la vanguardia más heterogénea como de la Tradición. Se acerca al letrismo pero también a los místicos. En sus poemas no se encuentra artificio, sino verdad. Fue siempre él mismo mientras pintaba, escribía, comía, entonaba una conferencia, se sentaba a tomar un café o se ceñía uno de sus característicos sombreros… Frente a él las etiquetas se apelmazan y desprenden acartonadas por el brillo del talento. A nuestro modo de ver su estilo rebasa el surrealismo y el postismo. Los géneros literarios y los límites siempre se le quedaron pequeños. Se mereció más de lo que obtuvo.

 

Raúl Herrero

[Texto publicado en "Letras aragonesas" boletín  nº 1 del Centro del libro de Aragón, Zaragoza, 2005] 

Un extracto de las memorias de Max Aub (o el desencuentro encontrado)

Un extracto de las memorias de Max Aub (o el desencuentro encontrado)

Los sobresalientes

 

Me llamó por teléfono y me vino a ver hace unos días, un andaluz, finito de cuerpo, con aladares, jacarandoso,* a quien envié hace tiempo unos cuantos Crímenes para un folletín de nada*.

–Unos muchachos de Gracia que representaron Espejo de avaricia –me dijo por teléfono–, los de Bambalinas, estarían felices de conocerle y a ser posible de cenar con usted.

No me puedo negar.

– Tal día y tal hora.

– Bueno.

–Pues pasaré por usted.

Joan Brossa –de quien todos hablan bien– hombre de cine y teatro catalán, me lo confirmó al día siguiente.

Hoy se presenta el joven y nos lleva a un restaurante donde nos espera el secretario de Cela, que ha venido especialmente de Palma para estar con nosotros; Molina, el de los sesenta títulos en menos que te canta un gallo, y cuatro o cinco más –poetas– cuyos nombres ignoro, no por su culpa, claro.

En el camino me entero de que el director del grupo teatral no vendrá.

– Tuvo una reunión.

–¿Estamos todos?

– Sí.

– ¿Y los actores?

– No, del teatro sólo tenía que venir el director.

Callo. ¿A qué este engaño?

El malhumor me rezuma. No se me presenta la menor excusa. A ellos, a ellos! ¡A la poesía!

– Y no nos vaya usted a salir con Juan Ramón...

– ¿Por qué no? ¿Quién de vosotros ha leído Espacio?

Silencio. Vuelta a lo mismo: nadie ha pasado de la Segunda antología. ¿de quién quiere que les hable? ¿De Celaya? ¿De Otero? ¿De Valente? ¿De González? ¿De Barral? De Marrodán, supongo; de Fernández Molina... Porque no creo que esperen una cátedra magistral acerca de lo que tengo por poesía...

 

 

 

Fragmento del libro de memorias de Max Aub La gallina Ciega, editado por Visor Libros, Madrid,  2009.

[En la fotografía superior de izquierda a derecha: Joan Brossa, Antonio Beneyto, Mario Ángel Marrodán, Max Aub, persona desconocida, señora de Max Aub, A. F. Molina y persona desconocida durante la susodicha cena en Barcelona. Al parecer fue el primer viaje de Max Aub a España tras su exilio en México. Fotografía tomada del archivo de Antonio Fernández Molina.]

 

 

 

*El escritor es Antonio Beneyto que editó en su colección Cuadernos de la esquina, por primera vez en España, el libro Crímenes ejemplares de Max Aub. Por cierto Beneyto no es andaluz  sino de Albacete.

Nota aclaratoria: Según refiere hoy  Beneyto, tal como  en su día lo hicieron Marrodán o Fernández Molina y demás presentes, no hubo ningún engaño, simplemente el director de teatro en cuestión les dio plantón a todos.

Miró y Fernández Molina por JUAN LUIS CALBARRO

Miró y Fernández Molina por JUAN LUIS CALBARRO

Imagen superior:

"Personaje con dos lunas"
Antonio Fernández Molina
Técnica: mixta
Medidas: 46x55

 

Miró y Fernández Molina

Juan Luis Calbarro

Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927-Zaragoza, 2005) fue un inclasificable artista que dejó detrás de sí una obra abundante y polimórfica, en la que literatura y pintura fueron manifestaciones de un mismo incansable espíritu. En 1964 dejó su plaza de maestro para mudarse a Palma y trabajar para Cela como secretario de redacción de Papeles de Son Armadans. En Mallorca entró en contacto con John Ulbricht, Robert Graves, Américo Castro y un sinfín de personalidades de las artes y las letras entre las que la de mayor influencia fue Joan Miró. Residió en La Bonanova, muy cerca de Cela y de Miró, hasta 1975, en que se mudó a Zaragoza; en 1969 había recibido el premio Ciudad de Palma por su novela Un caracol en la cocina.

Lo que nos interesa en el momento intensamente mironiano que atravesamos es su libro póstumo Vientos en la veleta, una colección de notas y recuerdos autobiográficos del polifacético autor que Libros del Innombrable publicó el pasado octubre. En su capítulo "Recuerdos de Miró", Fernández Molina desgrana su acercamiento juvenil -insólito en un bachiller de la época- a la obra de Miró, su posterior acercamiento personal ya en su etapa mallorquina, su amistad con el artista y su familia, la afición del pintor por los objetos encontrados durante sus paseos, su condición de lector de poesía, su carácter, su vestimenta, su relación con el arte efímero y otros muchos aspectos del máximo interés. Se trata de un testimonio excepcional que, por su respeto, discreción, admiración, autorizado conocimiento y cariño infinito hacia el retratado, merece la pena hojear estos días. Para el que desconozca a Miró, puede constituir un delicadísimo primer acercamiento al artista y su obra.

[Si el lector desea leer este artículo en su contexto original puede hacerlo en el siguiente enlace:

http://www.espacioluke.com/2007/Enero2007/calbarro.html]

Biografía

Biografía

Antonio Fernández Molina nace en 1927 en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y muere en Zaragoza en marzo de 2005.
Su infancia y juventud están marcadas por desgracias familiares que aunque no impiden que desarrolle sus inquietudes intelectuales, sí las ralentizan en gran medida.
En 1935 muere su padre y la familia se traslada a Guadalajara donde realizará sus estudios y hará sus primeras colaboraciones literarias en el periódico local “Nueva Alcarria”. Sacia su curiosidad y atracción hacia las artes, con los libros de la Biblioteca Municipal, donde por su insistente presencia le conceden un premio al mejor lector de la provincia.
Su primera visita a Madrid es con motivo de un examen de reválida. Las siguientes, las aprovecha para visitar museos, galerías y librerías donde se empapa de los movimientos artísticos de vanguardia con los que tan afín se siente.
Le impresionan los dibujos de Miró, Klee, Wols. Las pinturas de Chagall, Dubufett, Chirico, las vanguardias históricas y el Surrealismo. Pero son los dibujos de Lorca, que conoce a través de un libro escrito por Gregorio Prieto, los que alientan su vocación plástica.
No dejará de estudiar el fenómeno de los pintores escritores, publicando infinidad de artículos sobre este tema, incluyendo el primer estudio sobre la literatura de Picasso que se publica en España.
La exposición de dibujos realizados por escritores “avant la lettre”, organizada por los Postistas en la galería Bucholz, le pone en contacto con un mundo artístico del cual él ya se sentía parte integrante. Se hizo amigo de los Postistas y colaboró con dibujos o poemas en todos sus proyectos. Podemos considerar a Antonio Fernández Molina el creador que mejor profundizó y desarrolló los postulados Postistas, gracias entre otras cosas a su abundante y multidisciplinar producción.
Asimila muy bien lo que el Postismo tiene de ruptura de las fronteras entre las artes, de surrealismo blanco, de locura inventada, de automatismo controlado, de primitivismo, de juego intermitente entre sueño, realidad y divertimento… A esas premisas, él le añade bastante romanticismo, sabiduría y profundidad hasta crear un mundo de dulces monstruos tan numerosos y propios que convierten su estilo en absolutamente único e inmediatamente reconocible.
En el 1951 A. F. Molina funda en Guadalajara la revista de poesía “Doña Endrina”. Con criterio excepcional, pidió colaboraciones a todos los que para él estaban haciendo auténtico arte, entre ellos los Postistas: Gregorio Prieto, Chicharro hijo, Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo, Francisco Nieva, Madrilley… También Laguardia, Mathias Goeritz, Gabriel Celaya o Miguel Labordeta. Con este último trabajó como redactor jefe en la revista “Despacho literario”.
También en Guadalajara formó parte muy activa del club “Vino y Pan” que organizó entre otras “locuras” la primera exposición del arte abstracto de la provincia, convirtiendo a Guadalajara en una de las capitales de provincia más activas, culturalmente hablando, de la posguerra.
Desde esos primeros años 50 compagina la publicación de poemas, relatos breves, críticas de arte y literatura con ilustraciones en muchas de las revistas literarias e iberoamericanas, principalmente en Venezuela, México, Nicaragua y Puerto Rico. Son poetas y pintores como Alejandra Pizarnik, Vicente Aleixandre, Antonio Saura o Mompó sus mayores admiradores.
En 1952 expone dibujos realizados en tinta sobre papeles reciclados, en una muestra organizada por Juan Ramírez de Lucas en el Club de Prensa de Madrid.
La necesidad de trasladar a un soporte físico, las imágenes que le proporciona su desbordante imaginación, le hace recurrir a materiales de lo más diversos: el ticket del autobús, la servilleta del bar, un poema desechado…
En el año 1953 publica publica Biografía de Roberto G. y Una Carta de barro que le valió la inclusión en la Antología poética del siglo XX, que Enrique Azcoaga publicó en Argentina.
Le incluyen en 1961 en la exposición itinerante por Iberoamérica de dibujos realizados por poetas, homenajeando a Henri de Lescoët.
Cela impresionado por los conocimientos demostrados en la confección del especial de "Papeles de Son Armadans" a Silverio Lanza, le reclama en 1964, como redactor jefe. Se traslada con su familia a Mallorca, donde sigue viviendo hasta 1975.
En la galería Costa de Palma de Mallorca hace su primera exposición individual.
En Mallorca se inicia en el arte gráfico, primero con linóleos, seguirá con los grabados que se adaptan tan bien a la línea de sus dibujos y por último con las serigrafías, en las que puede reproducir más fielmente sus pinturas en color.
Siguen incesantes sus publicaciones. Más de un centenar entre novela Solo de trompeta, relatos En Cejunta y Gamud, teatro La tabla de multiplicar e incluso algún guión cinematográfico. En muchos casos sus libros están ilustrados por sus propios dibujos. Su inclusión en antologías de literatura de vanguardia es obligada y aunque gana algún premio literario como el Ciudad de Palma de poesía en 1964 o el de novela en 1969, su originalidad sólo apta para los más intelectuales y una actitud de rebeldía constante le alejaron siempre de los cauces más mercantilistas de la literatura y el arte.
De sus exposiciones podemos destacar en 1970 en la Galería Matisse, en el 1979 en la Juana Mordó, en 1980 forma parte de Trayectorias, con itinerancia por todas las embajadas españolas en el mundo, en 1987 “Kunst & literatur” en Berlín, en 1989 hace una carpeta de grabados con integrantes del grupo COBRA, en 1999 está presente en ARCO…
En 1974, por la amistad que le unía a la familia Labordeta, trasladó su residencia a Zaragoza, donde residió hasta su muerte. La Diputación de Aragón orgullosa de ello, regaló al Príncipe de Asturias una pintura de Antonio Fernández Molina, cuando en el año 2000 realizó su primera visita oficial a Aragón y organizó a finales del año 2005 una exposición antológica del autor donde se mostraba una amplia visión de muchas de las facetas creadoras del artista.

Ester Fernández Echeverría

[El presente texto se publicó en el Catálogo Dibujos. Antonio Fernández Molina. Poeta-Pintor. Exposición homenaje realizada del 1 de septiembre al 7 de octubre de 2007 en el Museo de la Fundación Gregorio Prieto en Valdepeñas.]