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antonio fernández molina
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A.F.M. novelista

La llama invisible

La llama invisible

Aunque enseguida sepa a donde me dirijo, con frecuencia comienzo el paseo al azar. Cuando llego, sin cuidarme del transcurrir del tiempo, ignoro si me quedaré allí un largo rato o si regresaré pronto a casa. 

A veces, permanezco situado ante un escaparate y en la actitud de observar  su contenido, sin ver lo que en él se exhibe, aunque mire con intensidad hacia su interior.

Luego me siento cual si despertara de un sueño y sin reconocer el lugar, no recuerdo en que día estoy y me encuentro desorientado. Durante unos instantes veo en  la realidad con mirada inocente. No tarda en desvanecerse esta atmósfera y, en medio de mi despreocupación, la mirada se enriquece con impresiones diferentes.

Durante estos paseos me sorprenden inhabituales aspectos de la realidad e inesperados hallazgos, percibo diferentes luces y matices de las cosas. Cada hora del día se transforman los detalles como si todo evolucionara deprisa ante mis ojos.

Sin escoger deliberadamente las zonas, mientras divago y deambulo, casi siempre veo a personas conocidas.

¿Algo nos dirige a ella y a mí para coincidir en los mismos lugares sin ponernos previamente de acuerdo?

Durante uno de mis paseos encontré a un joven poeta alemán. Poco antes lo había conocido en Ibiza donde él vivía, con artistas y escritores, la bohemia hippie. Agotados sus recursos de subsistencia, el poeta decidió volver a su país. La primera etapa de su viaje vino a verme para luego trasladarse a Barcelona donde esperaba la indudable ayuda del poeta José María Valverde. 

Lo encontré ante la puerta de un café.

—Acabo de llegar en el barco.—me dijo—. Sabía que vienes a este café y  te esperaba. 

Yo no acudía habitualmente a ese café y, sin embargo, el poeta «supo» que me encontraría. ¿Fue «por casualidad»?

En repetidas ocasiones, inesperadamente, me ha sucedido encontrarme de pronto, en alguno de mis viajes, con amigos a quienes deseaba ver.

Durante bastantes años, al visitar Madrid durante las vacaciones de verano, siempre coincidía con Fernando Arrabal, sin habernos puesto previamente de acuerdo.

Cuando, por cualquier motivo, me distancio de una persona, sin hacer nada por no volver a encontrarla, aunque no cambio de costumbres y asisto a los mismos lugares que de costumbre, donde antes nos veíamos con frecuencia, desde ese momento, ya rara vez o nunca vuelvo a coincidir con ella.

Desde hace tiempo sé que no existen encuentros fortuitos.

Antonio Fernández Molina

[Extracto de la novela La llama invisible, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2002]

© Herederos de Antonio Fernández Molina

Solo de trompeta de Antonio Fernández Molina (Extracto)

Solo de trompeta de Antonio Fernández Molina (Extracto)

No sé por qué, empezaron a dejarme salir de casa y recorrí el pueblo, casi siempre en soledad. Si los de casa no me oían pronunciar una palabra, los de fuera muy pocas. Me había acostumbrado a no despegar el pico y seguía así. Lo malo era que las palabras empezaban a estorbarme dentro del pecho. Muchas veces parecía que tenía el cerebro trillado de tanto moler frases y palabras. Muchos días me daba la impresión de que comía mis propias palabras y ellas me servían de alimento. La comida seguía dándome buenas sorpresas. Los alimentos me presentaban sabores y aspectos sorprendentes. La tortilla podía ser gallina, condimentada con almejas, pero ésta, a su vez tenía el mismo sabor que la pasta de dientes. El pan sabía a ratones (las ratas abundaban en diferentes circunstancias y  no solamente en la alimentación). Los críos de mi edad buscaban mi compañía, que muchas veces les regateaba. Las personas mayores también sentían gran curiosidad y me preguntaban impertinencias a las que contestaba con el silencio, pero también sacándoles la lengua o llevándome la mano a algún sitio, lo que les molestaba tanto que sentía gozo. Las comadres, exasperadas, se colocaban los brazos en jarra y las piernas entreabiertas, como cuando meaban de pie.

—El Miguelito de las narices se ha vuelto gilipuertas y mudo, pero se ha hecho un sinvergüenza, tiene bemoles la cosa.

Entonces, cuando la suerte me acompañaba, lanzaba un sonoro suspiro por conducto contrabario y lsa dejaba cortadas, sin respiración, durante un instante. Si iba en compañía d eotros chicos, el jolgorio era enloquecedor y llegaron a manifestar su entusiasmo llevándome en hombros. Las mujeres arreciaban en sus insultos, muchos de ellos tan injuriosos que al mismo tiempo eran informativos por las cosas que me revelaban de mi familia y que me alegraba conocer.

Lo que más atractivo tenía para mí eran las excursiones que hacía solo, ahora sin que nadie me vigilara (al menos no descubrí nada en este sentido, aunque seguía siendo susceptible). Posiblemente me probaban, aconsejados por un médico o cualquier otro farsante de esos que se ocupan de dar consejos y parecen saberlo todo cuando no tienen siquiera una remota sospecha de su inmensa estupidez.

De cualquier forma, aquello me favorecía y casi me hacía feliz. Deambulaba a solas por los lugares más apartados. Rincones muy tranquilos, sucios y escondidos, llenos de montoncitos de basura que escarbaban los gatos y sobre los que florecía alguna rata muerta, y a pesar de ello me asqueaban. En las puertas cerradas veía el rostro del dueño de la casa y los ojos de sus familiares, las huellas de muchas de las manos que se habían posado sobre la madera y los golpes que el granizo sacudió sobre su superficie. Cada piedra me reproducía el paisaje de la comarca, y las casas eran el retrato de sus dueños y lsa veía gibosas, cojas, fuertes bobaliconas, atrevidas, presuntuosas, soñolientas, borrachas, avariciosas, petulantes, acicaladas, ridículas, fastuosas, comineras, estúpidas, coquetas, gilís. Y me divertía dando la vuelta a una de las casas, sobre todo, si no veía a nadie por allí, e ir tomando nota de sus caracteres para tratar de adivinar, por las señales exteriores que dentro de ella se encerraba. Cuando podía, me colaba en su interior y veía confirmados parte de mis supuestos; otras veces tenía que hacer una una labor de adaptación de la realidad a lo supuesto, o corregir mi visión desde fuera, dándome cuenta que no había sabido leer, hasta el final, en el rostro de la casa, y que lo que había en el interior estaba escrito en la superficie, y pensaba que si supiera leer, también vería hasta los pensamientos de los que la habían ocupado y los de los que habían puesto los ojos en ella.


Antonio Fernández Molina

© Herederos de Antonio Fernández Molina

 

[Extracto de la novela Solo de trompeta, Alfaguara, Madrid, 1965. (Págs. 85-88)]