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05/01/2009
La vida caprichosa (Artículo de Santos SANZ VILLANUEVA)

Antonio Fernández-Molina
Libros del Innombrable. Zaragoza, 2003. 190 páginas, 13 euros
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Antonio Fernández-Molina. Foto: Carlos Cortés |
El poeta, pintor y prosista Antonio F. Molina padece el destino que aguarda a los autores de vanguardia: ocupa un lugar periférico en la sociedad literaria, conocido sólo de unos pocos que admiran su radical creatividad.
Nacido en 1927, pertenece a la misma promoción de los escritores sociales, pero su apuesta fue en la línea contraria al realismo. A. F. Molina entronca con el afán renovador del grupo postista, con el expresionismo, Kafka y el Valle de los esperpentos, con lo absurdo, lo onírico y lo surreal. Como narrador tuvo su mejor momento en la década final del franquismo. Una novela suya muy rupturista, Solo de trompeta, de 1965, fue una de las más notables de aquellos años de ajetreadas innovaciones.
Esta actitud experimental la ha volcado Fernández Molina en cuentos, relatos y novelas olvidados. Por eso es muy oportuno este libro, La vida caprichosa, que contiene una muestra representativa de su prosa breve. Hay piezas, predecesoras de los hoy jaleados microrrelatos, cuya mínima extensión funciona muy bien porque al destello metafórico o a la revelación onírica les basta con esa medida. Alguna otra tiene un trazado más narrativo.
Esta prosa poética y revulsiva se puebla con imágenes, greguerías ramonianas y paradojas, y transmite una impresión bastante inquietante de la existencia. En Cejunta, un espacio imaginario que funciona como el reverso de nuestras convenciones urbanas, “cada vez que una mujer aplica sus labios sobre la piel de un macho le arranca un pedazo de carne”. En otras ocasiones, el orden natural del mundo se trastoca: en uno de los textos, la lluvia cae hacia arriba, y en otro lo que llueve son paraguas. No falta el misterio, el terror. También surge el problema de la identidad, representado por la figura del doble. Y al afán de trascendencia se le aplica un enfoque burlesco: ser inmortal resulta tan aburrido que se impone la búsqueda de un medio que haga mortales a los inmortales. Estos telegráficos apuntes de los imprevisibles contenidos del libro sirven para mostrar el fervoroso cultivo de una voluntad imaginativa absoluta. Tiene Molina en ello notables aciertos inventivos, admira con algunas sorpresas anecdóticas, resuelve la leve trama con ingenio, se dispara hacia un humorismo dislocado e intelectual.
Todos estos elementos van más lejos del simple juego inteligente y disparatado. Bajo ellos fluye un principio de inconformismo y rebeldía. Un subterráneo nihilismo los atraviesa. El autor reniega del racionalismo y apuesta por descubrir otra realidad distinta a la elaborada por la lógica y la percibida por los sentidos. Su mérito consiste en cuestionar tantas rutinarias certezas y rebajar los humos a la pretenciosa especie humana: en abrirnos los ojos con un constante juego metafórico, imaginativo y mental. Todo ello se ve en esta antología, una oportuna llamada de atención sobre este marginal e interesante narrador.
[Texto publicado en El Cultural de El Mundo el 18 del 12 de 2003]
[Si desea leerlo en su contexto original puede hacerlo en el siguiente enlace:
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/8487/La_vida_caprichosa]
15/12/2008
Desde la torre de Mariano Esquillor por Antonio Fernández Molina

No hace demasiado tiempo hablábamos aquí de la poesía de Mariano Esquillor. Pero Esquillor, si bien tardó en comenzar a escribir, posee en su interior material y sentimiento que emerge a borbotones, ahogando cada una de sus líneas con tanto caudal que a veces los mismos árboles de la retórica no dejan ver el bosque de la evidente calidad. Por eso, la crítica de Antonio Fernández Molina —que s una de las mejores que a nuestro entender han salido de su pluma— pone en una perfecta cuadratura el último libro de Esquillor. Y que nadie reproche a este autor su ingobernable acúmulo de frases: cada vez más sereno y siempre con el sentimiento íntimo por delante, pule unos bellos poemas en prosa, profundos y cuidados.
Javier Lentini
Desde la torre de Mariano Esquillor
por Antonio Fernández Molina
La labor poética de Mariano Esquillor se inició en 1973 con La colina eterna. Y durante estos años ha publicado con asiduidad libros de poesía que han ido configurando un muy interesante mundo poético, del que el presente libro hace el número doce. Y aunque tardíamente incorporado a la tarea de escribir, su entrega le ha llevado a superar este circunstancial retraso.
Esquillor escribe poesía en verso y en prosa. El libro que se comenta (1) pertenece a esta última forma y está integrado por 61 poemas de un valor independiente, que a través de la unidad que les sustenta configuran un conjunto que acentúa su intensidad e insinúa, a través de la temática, un a modo de hilo argumental.
El título podría predisponer a situarnos ante una poesía de corte más o menos tremendista, e incluso a desplazarnos hacia los ámbitos de un neomodernismo. Pero en cuanto nos adentramos en su lectura advertimos que tiene mucho que ver con el romanticismo, especialmente el alemán. El sentimiento y la fantasía juegan un importante papel y nos colocan en las lindes de lo visionario. También pueden advertirse ciertos ecos de goticismo, aunque Esquillor se mantiene en unos límites que le apartan de la retórica y de los excesos.
Nadie ha visto mi caballo perdido en la nieve. Nadie vio caer mi cuerpo abrazándose a las llamas del aire escuchando de la muerte las últimas palabras de la tempestad.
Con mi más serena postura sigo abriendo muros sin poder salir de mi sombría torre empañada por el llanto. Cuantos tréboles solitarios creciendo entre las piedras.
Me arrastra la noche. Un sacrificio le pido al sabio miedo: descanso para encontrar júbilo en mi aliento y ayuda para aniquilar el veneno de mi alma, ensangrentada.
Curiosamente, en estos poemas se percibe un paralelismo con aspectos de la poesía del chileno Mafhud Massis, y es aún más amplio con la obra de uno de los más grandes poetas en lengua castellana, el venezolano José Antonio Ramos Sucre, ambos seguramente desconocidos por Esquillor.
Jardín, tormenta, felicidad, luna, sombras, manos, y términos similares cobran en sus poemas un relieve de evidencia que expresan íntimas realidades, aventuras de lo profundo.
Tiemblo como un jardín bajo una gran tormenta. Mi felicidad fue siempre como una plegaria acabando en la primera sílaba.
De la sombra me retiro tendiéndome al amor de los quietos rayos de luna que yo mismo pinté con mis oscuras pero serenas manos.
Las ramas y hojas que durante la noche me sirven de lecho, en silencio buscan el débil calor de mi cuerpo. No sé quien llora más lejos del árbol que nos echó a la vida o nos arrojó sobre la muerte.
A veces sus poemas poseen una lógica imperturbable que conduce al desenvolvimiento de su exposición de una forma casi cartesiana. En otros hay ecos de la literatura francesa que pueden remontarse hasta Víctor Hugo. Ello, trasmutado a través de su personal alquimia en una realidad literaria que es la plasmación de una vivencias mezcla de retazos de evocaciones y de dietario. Ambas circunstancias se mueven en un mismo plano de importancia. Lo que sucediera, lo que ello aporta al momento presente y hacia el futuro se proyecta en la misma dimensión de lo que ha sucedido hace poco o de lo que está sucediendo.
A veces la experiencia que marca y enriquece procede de la contemplación de un detalle de la naturaleza, cual ver cruzar las nubes. Esta circunstancia cala en la sensibilidad del poeta con unos matices que tienen que ver con los que destacan en la poesía oriental.
El mundo de Esquillor es el resultado de una larga experiencia vital y de su fe en las posibilidades de la poesía. Se enriquece y extienda a medida que profundiza en el cultivo de sus posibilidades expresivas, se depura y afirma. Su dedicación intensa, durante estos últimos años, le ha llevado a ampliar los cauces de sus suscitaciones y a conectar con otros ámbitos de la cultura y de la poesía que de algún modo son afines, le ayudan a encontrarse y le enriquecen. Y así, su formación se ha realizado de una manera que coordina con sus inquietudes. Naturalmente integrado dentro de la poesía del momento, e interesado e informado de lo que sucede en su entorno sucede, no hace concesiones a ningún tipo de reclamo de lo circunstancial.
Su personalidad rechaza los mimetismos y le lleva a interesarse por aquello que para él posee una más esencial permanencia. De ahí que en su poesía asistamos a la evocación de un tono de un carácter de intemporal vigencia. Sus imágenes, que siempre están alimentadas por una esencial frescura no son modernas por el qué o el cómo, sino por un temblor de nuestro tiempo que irremediablemente hace vibrar las frases con una receptividad que reconocemos es una de las conquistas esenciales de la buena poesía del momento.
Este libro, sobre los méritos a que le ha hecho acreedor a Mariano Esquillor su poesía, le sitúa entre los más destacados cultivadores del poema en prosa.
Antonio Fernández Molina
© Herederos de Antonio Fernández Molina
(1) [Esta crítica del libro de Mariano Esquillor Desde la torre de un condenado, (Zaragoza, Colección poemas nº39, 1981) por Antonio Fernández Molina la publicó la Revista Jano Sección Crítica. Núm. 520. Del 14 al 20 de mayo de 1982. Barcelona.]
06/11/2008
Sexo por dentro: Solo de trompeta por Leopoldo Azancot

Exploración de los conflictos del deseo
Solo de trompeta
A. F. Molina
Los libros de Berta, Madrid, 1987, 209 páginas 800 pesetas
LEOPOLDO AZANCOT
¿Qué movió a A. F. Molina a escribir Solo de trompeta? Con toda seguridad, el deseo —consciente o no— de utilizar la escritura terapéuticamente, como un medio de hacer acceder a la conciencia conflictos interiores que por su propia violencia, percibida como destructiva para el yo, permanecían fuera de ella. Solo de trompeta, en efecto, constituye un espécimen brillante de esa modalidad de novela que explora la interioridad última del hombre, sus zonas más secretas, por unas vías que permiten al autor burlar las censuras fundamentales que estorban la comunicación entre lo consciente y lo inconsciente: la originada por el miedo a que lo inconsciente se posesione del sujeto y acabe por desposeerlo de su consciente y la originada por el miedo a que la razón sea incapaz de coordinar la totalidad de los elementos aparentemente heterogéneos surgidos del inconsciente y, literalmente, se rompa. Radicando la clave del éxito de la tarea, por una parte, en conseguir que la imaginación puesta en juego asegure en todo momento el control de aquello a lo cual se aplica, y por otra, en lograr que los contenidos del inconsciente sacados a la luz se mantengan en esa zona fronteriza entre la vigilia y el sueño que la razón no considera propia ni susceptible de ser sometida a sus leyes.
A diferencia, sin embargo, del logro absoluto alcanzado por Kafka en La metamorfosis, A. F. Molina no ha sido capaz de mantener el mismo nivel de exigencia a todo lo largo de Solo de trompeta: mientras que en la primera parte del libro aplica con rigor el método anteriormente descrito, a todo lo largo de la sección titulada Otros papeles se limita a realizar variaciones en el plano de la mera fantasía a partir de los hallazgos realizados previamente, incurriendo, como consecuencia, en fáciles racionalizaciones —el protagonista se convierte en enano a causa de la negativa de los otros a reconocer su verdadera talla interior—, en la creación de situaciones artificiosas —pugna del protagonista y del otro enano, encarnación de la segunda mitad de su yo dividido, por la posesión de la tabernera— y en la utilización de elementos surrealistas de acarreo. A pesar de ello, no obstante, el libro mantiene una relativa coherencia, no se escinde por completo en dos grandes partes antagónicas entre sí, gracias a que uno de los temas medulares del mismo, el tema del sexo —el otro tema cardinal, el del sentimiento de culpa inducido por los padres, sólo alcanza su pleno desarrollo en las secciones iniciales—, es abordado en Otros papeles, de manera intermitente, con un rigor y una inmediatez vital que, si bien no son tan grandes como en la primera mitad del libro, alcanzan dimensiones muy considerables.
Riqueza erótica
Y es que hay que abrirse a la evidencia Solo de trompeta posee una riqueza desde el punto de vista erótico muy raramente alcanzada en la literatura española. Desde el prólogo, que da cuenta de un sueño de castración de rara pureza, hasta las páginas finales del libro, la realidad sexual en su conexión con otros aspectos fundamentales de lo humano es objeto de aproximaciones de extrema valentía: presencia del fetichismo del pie desnudo, explotación del simbolismo verbal de la palabra pájaro, indagaciones acerca de la tentación del incesto —masturbación de la mayor de las hermanas del protagonista, escena de la seducción por ésta del otro hermano por intermedio del fetichismo del pelo—, análisis del conflicto entre atracción y rechazo de su origen, examen de la interiorización de dicho conflicto y de su relación con el narcisismo a través de la relación entre Miguel y Aquilino, referencias al miedo a la propia agresividad sexual en el episodio de la mano de almirez, materialización de la idea de que el sexo es malo en sí en la atracción que experimenta el protagonista por bebidas y alimentos repugnantes, reflejo de la confusión entre virilidad y homosexualidad en las relaciones de Miguel con Anita, señalamiento del origen de los problemas sexuales en la hembra ambivalente.
[Esta crítica de Leopoldo Azancot a la reedición de la novela de Antonio Fernández Molina Solo de trompeta fue publicada por el diario El País el 27 de marzo de 1988].
05/11/2008
Fernando Arrabal: A propósito de la novela Solo de trompeta

Solo de trompeta celebra la ceremonia del desplazamiento presidida por la locura.
Este libro surge en la literatura de aquí y de hoy como un puñetazo. Con recogimiento lo leo y lo releo.
Miguel, el enano, da una mano a Alicia y la otra a K., y con ellos y con otros fantasmas familiares, al corro, danza la figura y las figuras infernales e infantiles.
Y entonces el autor nos deja la leyenda de leyendas, disculpándose por la inocencia de sus propósitos.
Icemos la bandera de la paloma y del hidroavión; han entrado de rondón en el baluarte la confusión, el pánico, la memoria, con su trompeta y su solo de trompeta.
Desde lo real a lo imaginario Miguel y Aquilino (y Jano) saltan entre las tumbas transmitiendo la iniciación y la lagartija.
El enano, con el epidídimo cargado, injerta la cultura y el juego a palo seco. Sí.
Aquellos que desde mil novecientos treinta y tantos sólo habéis leído Mrs. Caldwell y alguna otra cosa más, volved a la novela de estas tierras. Ha sonado vuestro día: Antonio Molina acaba de escribir un libro fascinante, húmedo, competente, que marca una fecha: Solo de trompeta.
En la oscuridad siento correr entre mis piernas una babosa. Adivino que es blanca y que se llama "permanencia".
[Este texto de Fernando Arrabal lo publicó Papeles de Son Armadans, CXXV, agosto de 1966. En marzo de 2008 lo recogía para su blog La nave de los locos Fernando Vals: http://nalocos.blogspot.com/2008/03/fernando-arrabal-propsito-de-solo-de.html]
[Hasta el momento la novela Solo de trompeta ha gozado de tres ediciones: Solo de trompeta, Alfaguara, Madrid, 1965; Solo de trompeta, Prensa y ediciones Iberoamericanas S.A., Madrid, 1987 y Solo de trompeta, Editorial Prensa y Ediciones Iberoamericanas, Madrid, 1988].
29/10/2008
"Hemos de perdernos con Antonio Fernández Molina" por José Corredor Matheos

Durante muchos años, Antonio Fernández Molina ha vivido proscrito, rodeado de gallinas —diría él—, sin que la gente, salvo los amigos próximos y muchos desconocidos, lejanos, supieran el poeta que llevaba dentro y fuera. En Madrid y en Palma su vida ha sido discreta como si siguiese en Alcázar —su pueblo y el mío— o en el pueblo de su mujer, que es donde le dedicaran una calle con esa placa que él apedreaba ya de niño. Ese era Antonio Fernández Molina, el poeta a quien conocía la mafia poética de los años cincuenta a través de sus versos publicados en las mil y una revistas de poesía de la época.
Entonces uno sabía a qué atenerse: A. F. M. era poeta como otros eran católicos o electricistas, y el mundo estaba bien cuadriculado con sus matrimonios, sus últimas guerras coloniales, sus Universidades, sus ideologías políticas claras y distintas. Pero un día A.F.M. se puso a dibujar. Las iglesias le salieron herejías de derecha y de izquierda y el hombre se puso en órbita en torno a la Tierra cada vez más lejos de ella, sin embargo. La afición quizá la tenía de tiempo —eso es, al menos, lo que siempre se dice– pero el caso es que empezó tarde aunque —bien se ve— a tiempo. Él sabe que al principio no me lo tomaba en serio. Ya se le pasará, pensaba. Yo seguía viendo al poeta en palabras y cuando me enseñaba aquellos primeros dibujos le ponía buena cara —el disfraz de crítico me lo había dejado en la puerta de su casa—, y sin más nos comíamos lo que nos había preparado su mujer y nos bebíamos buenos vasos de buen vino en compañía de Gonzalo de Berceo, que por entonces corregía pruebas en la revista de Camilo.
Un día de pronto A. F. M. nos sorprendió con unos dibujos extraordinarios y no tuve más re medio que tomarle en serio: la cosa, además no estaba para bromas, porque entretanto había expuesto —con un catálogo presentado por mí, además— y era preciso reconocer —me constaba, quizá por envidia— que aquello tenía imaginación y gracia.
Su poesía con tanto dibujar, se ha ido haciendo más profunda cada día y más visual, y sus dibujos más poéticos de modo que ya se ha visto claro que los unos nacían para ilustrar a los otros y viceversa y que nada podría impedir que A.F.M. siguiera dibujando unos poemas tan bellos y escribiendo tan hermosos dibujos.
Ahora A.F.M. uno y trino, dotado del don de la ubicuidad como es bien sabido, nos inviste a nosotros de este poder de modo que nos es dado estar a la vez en dos exposiciones suyas y en el lanzamiento de un libro suyo también contentos de poder hacerlo y enriquecidos por ello. Esta exposición de Populart puede darnos idea de cual es su mundo, de qué criaturas son las que revolotean en torno a él mientras duerme.
Este libro, palabras mayores que ha mentido Editorial Lumen en el embudo (*) de su magnífica colección Palabra Menor, es pura poesía. Para decirlo con palabras que son también suyas está hecho con pájaros que se han convertido en letras al caer al suelo y es también como piedras que al ascender se vuelven pájaros, y que nos golpean una y otra vez haciéndonos ver unas estrellas que son verdad, que están ahí, a nuestros pies.
Confieso que este libro me ha producido gran impresión. Ahora veo con claridad que la lluvia cae hacia arriba, que vemos lo que estamos dispuestos a inventarnos, que la existencia entera cabe en un bolsillo del gabán y que éste es acaso su sitio definitivo.
La verdadera poesía es cada día más rara. No hay tiempo a no ser para hombres como él, que parecen tenerlo para todo, cuando es casi seguro que pasan la mayor parte del día contemplando trascendentalmente la pared del patio de su casa, el cielo o si acaso una gallina. “No comprendes nada —dice—. Todo anda de cabeza”. Por esto ha escrito este libro sentado boca abajo, en el techo adonde le llevan los pies sin sentir, para que a través de su experiencia de iniciado sea posible que nosotros entendamos. Él no nos da la solución. Los que tal pretenden —escribe aquí a propósito de un libro que no era para leer, que había escrito alguien— están equivocados. “Esto es un laberinto”. Y en él —digo yo— hemos de perdernos. Por una vez, no hagan caso al poeta y no arrojen el libro, como aconseja, hasta que se hagan perfectamente cargo de cuál es nuestra situación. Entretanto, ¡buena suerte!
© José Corredor Matheos
[El texto fue publicado en Informaciones de las Artes y las Letras el 7 de marzo de 1974].
[ * José Corredor Matheos se refiere al libro de Antonio Fernández Molina Dentro de un embudo.]
20/10/2008
A. F. Molina y Picasso

“Picasso se relacionaba mejor con escritores y poetas que con sus propios compañeros pintores”
El crítico de arte Antonio Fernández Molina imparte en la actualidad un ciclo de conferencias sobre la obra literaria del pintor Pablo Picasso en diferentes ciudades españolas, Fernández Molina afirma que el artista malagueño “no prescindió a lo largo de su vida de su trato con escritores y poetas cuyas relaciones eran más satisfactorias que con sus compañeros pintores”. El libro del crítico “Picasso escritor” se ha convertido en imprescindible en el mundo del arte.
Alicia Murria
Zaragoza
El crítico de arte Antonio Fernández Molina está impartiendo un ciclo de conferencias sobre la obra literaria del pintor Pablo Picasso en diferentes ciudades españolas —los días 14, 21 y 28 de mayo en Alcalá de Henares—.
Su libro “Picasso escritor” editado el pasado año se ha convertido en una obra imprescindible, valorada por la crítica nacional e internacional, para el conocimiento de una faceta menos tenida en cuenta del pintor malagueño, pero fundamental a la hora de comprender su dimensión creadora.
“A lo largo de su vida —anota Fernández Molina— Picasso no supo ni quiso prescindir de su trato con escritores y poetas con los que mantuvo relaciones mucho más satisfactorias que las que tuviera con sus compañeros artistas” y añade: “En España conoció pronto a importantes personajes como Baroja, Eugenio D’Ors y Sabart´s, Max Jacob, Apollinaire, Cocteau, Reverdy, Aragon y Breton fueron habituales de su estudio del bateau-Lavoir parisino”.
“Creo —señaló el pintor en una ocasión— que mi obra como escritor es tan extensa como la de pintor. Materialmente dediqué el mismo tiempo a ambas. Quizá algún día cuando yo desaparezca apareceré descrito en los diccionarios de esta manera: Pablo Ruiz Picasso, poeta y autor dramático español. Se conservan de él algunas pinturas”.
Aunque único por su original modo de realizarlo, Picasso pertenece a ese grupo de artistas que desde el comienzo de su trabajo se siente atraído por la literatura. Poesía y teatro son dos géneros que cultivó preferentemente. Ambos se dan en la singular obra ”El entierro del Conde Orgaz”.
Sin duda la obra de Picasso es la que mayor cantidad de publicaciones ha generado durante nuestro siglo: ha sido el eje de artículos, críticas, comentarios, ensayos y textos en número incontable y creciente. Para Fernández Molina “Picasso tiene además con nombre propio o supuesto, un papel como personaje episódico o como protagonista en algunas destacadas obras literarias firmadas por autores del prestigio de Apollinaire, Aragon, Huidobro, Jean Arp, Max Aub o Picabia”.
Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1927) cuenta con una importante producción en diferentes campos, literatura, pintura y crítica de arte, no siempre valorada como se merece.
En Berlín ha participado en una muestra colectiva de escritores-pintores al lado de Günter Grass, Ionesco y Lucebert. Interesado por los fenómenos marginales de la creación, se ha dedicado a estudiar las relaciones entre arte y literatura. Fruto de esas investigaciones es su libro “Picasso escritor” que ha venido a arrojar luz sobre esta faceta de una de una de las grandes figuras del arte universal.
[Ilustración: P. Picasso y A. F. Molina (fotomontaje de H. Hidalgo a partir de otro de J. Renan) ]
[Este artículo se publicó en Diario 16 el 19 de mayo de 1990]



