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El microrrelato en Antonio Fernández Molina por Irene Andrés-Suarez

El microrrelato en Antonio Fernández Molina por Irene Andrés-Suarez

 El microrrelato surrealista

Antonio Fernández Molina (Alcalá de San Juan, Ciudad Real, 1927) está vinculado en sus orígenes literarios a los movimientos de vanguardia, en especial al postismo y al surrealismo movimientos ambos que dejan su impronta en algunos libros de microrrelatos memorables, que merecerían mucha más atención de la que han recibido hasta el presente, me refiero, entre otros, a 80 sueños  (1951) de Juan Eduardo Cirlot, o a La piedra de la locura (1966) de Fernando Arrabal , calificado por el propio escritor como “libro pánico” o libro de “mis sueños”. Del último existe una segunda edición (2000) realizada por Francisco Torres Moreal, con ilustraciones de Antonio Fernández Molina, A. T. y Raúl Herrero. Hay que señalar que el primer tomo de las  Poesías completas  de A. Fernández Molina va precedido a su vez de un prólogo de Arrabal lo que es un buen indicio de su amistad.

Los tres autores exaltan el papel de las fuerzas más oscuras de la mente humana, y reflejan mediante símbolos e imágenes oníricas un mundo inquietante de gran fuerza expresiva. No obstante, para el ámbito del microrrelato, Antonio Fernández Molina es el más importante de los tres. Intentaré hacerlo ver. Sabe forjarse en seguida un nombre como pintor y sobre todo como poeta; sus libros

El cuello cercenado y Platos de amargo alpiste  son representativos de la renovación poética de su época. En 1951 fundó la revista y colección de libros denpoesía “Doña Endrina”, colaboró como redactor jefe en “Despacho literario”, revista dirigida por su amigo Miguel Labordeta, y llegó a ocupar también el cargo de secretario de redacción de “Papeles de Son Armadans”.

Su fecunda actividad artística y editorial no debe ocultar sin embargo que A. Fernández Molina es un escritor polifacético que ha cultivado todos los géneros literarios: la novela (Sólo de trompeta  es tal vez la más conocida), el ensayo (Picasso escritor, La generación del 98 y Dalí. Testimonios y enigmas) el teatro (Todos los días son espléndidos y La tabla de multiplicar), y de manera especialmente afortunada la narrativa breve, o mejor dicho, el microrrelato, ya que sus cuentos, salvo alguna rara excepción, no rebasan la página. Así, desde 1967 hasta la actualidad ven la luz varios libros de cuentos: La tienda ausente (Bilbao,Comunicación Literaria de Autores, 1967), Los cuatro dedos (publicado en la colección “La Esquina”, dirigida por Antonio Beneyto, Barcelona, Imprenta MIRET, 1968). En Cejunta y Gamed  (Caracas, Monte Ávila Editores, 1969. Reeditado en Madrid, Prensa y Ediciones Iberoamericanas, 1991, con ilustraciones del propio autor), Dentro de un embudo (Barcelona, Lumen, 1973), Arando en la madera (Zaragoza Ed. Litho Arte, 1975). En 1992 recogió en  Sombras chinescas  (Madrid, Ed. Libertarias) una buena parte de los relatos publicados precedentemente, y añadió un texto inclasificable, “Confidencias de un personaje”, compuesto de secuencias muy breves separadas por asteriscos, en el que plasma la compleja personalidad de Pompón, un ser de psicología atormentada.

La vida caprichosa, de reciente aparición (Zaragoza, Libros del Imnombrable, 2003), es una antología, realizada por el propio autor, con textos representativos de todo su proceso creativo, y cuya únicas novedades estriban en la ordenación temática introducida (“La vida literaria”, “La vida caprichosa”, “El espejo es una puerta que se abre”, “Los placeres del turismo”, “Confidencias de un personaje”), lo que equivale a una taxonomía de los motivos más recurrentes en su obra, y en la inclusión de cuatro sueños de filiación marcadamente surrealista, incluidos bajo la denominación de “Edgardo y Alicia”, y de un cuento-homenaje al escritor surrealista francés Apollinaire.

Su producción cuentística es muy variada, tanto en lo que se refiere a los temas como al estilo y técnicas narrativas utilizadas, y sin embargo no es muy conocido en España , su obra ha gozado de mayor fortuna en México. Edmundo Valadés incorporó un cuento suyo (“El túnel del tiempo”) en la antología  El libro de la imaginación  (México, Fondo de Cultura Económica, 1976) –de hecho es el único escritor español vivo que figura en esa antología de relatos breves de todo el mundo-, y la revista  Cuento reprodujo en su totalidad los relatos del volumen Los cuatro dedos.

Ya el primer libro,  La tienda ausente  (1967), en apariencia de estética realista, contiene textos memorables como, por ejemplo, “La sorpresa”, que ilustra el encuentro de un personaje con su doble, o “Paralela”, el cual expone la ruptura del equilibrio ecológico. Si bien estos microrrelatos giran preferentemente alrededor de un mundo rural, sus páginas no descartan de modo alguno el escenario urbano ni la veta experimental, la cual se intensifica en los libros posteriores llegando a conjugar en ellos elementos fantásticos y surrealistas con profusión.

Los cuatro dedos  (1968) se compone de veinte estampas sin título ni numeración, que son otras tantas representaciones de la atmósfera que reina en una ciudad insólita en la que “los números de los edificios estaban al revés y para entrar en ellos había que saltar por la ventana del piso bajo” (p. 6), y cuyos habitantes son auténticos robots articulados en piezas desmontables e intercambiables, como ese niño que se muerde los dedos y un buen día descubre “que podía sacarse las uñas como si fueran el cascabullo de una bellota. Dentro había una gelatina dulce que chupaba con avidez. Así, chupándose, llegó a quedar completamente desinflado” (p. 6). O este otro que “se destornillaba los dedos de una mano y los dejaba sobre la mesa. Para destornillar los de la otra utilizaba los dientes. Después dormía un sueño profundo y lento y durante él los dedos vivían su vida” (p. 7). No menos desasosegante es el caso de ese hombre al que el pelo le crecía tanto por la noche que amanecía dentro de un nido. Una mañana despertó calvo y al día siguiente comenzó a levantársele la piel, cada noche perdía un dedo, un diente, una oreja…

Poco a poco, se va desarticulando como un muñeco (p. 4). En Cejunta y Gamud  (1969) contrapone dos mundos antitéticos regidos por reglas opuestas. Los habitantes de Cejunta, como los “famas” de Julio Cortázar, representan a seres racionales y ambiciosos, obsesionados por el dinero y el poder, que utilizan el lenguaje como instrumento de dominio (es trenzado como una alfombra), fomentan la estupidez, enmascaran todo lo que no les parece aceptable, como el suicidio; son intolerantes (“hay unas escaleras que sólo tienen peldaños impares”, piensan que los pares traen mala suerte y los destruyen), y simulan una pasión amorosa que no sienten. Los de Gamud, en cambio, se asemejan a los “cronopios”: son poetas o artistas que sueñan con un mundo libre, sin trabas ni reglas impuestas; las mujeres poseen las mismas libertades que los hombres, incluidas las sexuales; unos y otros son amantes del silencio (tienen “un día mudo”) y de la reflexión, dedican muchos medios a la educación, y su cómputo temporal nada tiene que ver con los relojes (“sus girasoles se mueven en el sentido inverso”).

Pese a que se sienten atraídos mutuamente, sus mundos respectivos parecen incompatibles e irreconciliables:

Cuando un cejunense se encuentra con un gamudense hablan y siempre conciertan una boda, beben mucho y manifiestan una alegría desbordada. Pero de vuelta, cada uno en su casa, despiertan sus recelos y se dicen: «Esperaré a ver qué hacen, no hay que fiarse nunca»”.

Y la próxima vez que se encuentran, temerosos de que el otro se les adelante, se abalanzan a un tiempo y se matan a puñaladas (p. 36).

No deja de resultar curioso que este libro de Fernández Molina se haya publicado un año antes que  Historias de cronopios y de famas  de J. Cortázar, y que ambos coincidan en tantos aspectos. El del primero se ve enriquecido, además, con numerosos dibujos surrealistas del propio autor relacionados con el juego de los naipes.

Dentro de un embudo  (1973) y Arando en la madera  (1975) forman un conjunto indisociable, ya que su concepción es muy similar y ambos reúnen los motivos y obsesiones que atenazan al escritor: la soledad e inestabilidad emocional a que nos condena el mundo moderno, la identidad inestable e inasible, la despersonalización, el presunto progreso material y espiritual de la humanidad, el frágil equilibrio entre el hombre y la naturaleza, la desintegración de la conciencia, y el mundo misterioso de la literatura y del arte en general.

Un buen grupo de microrrelatos gira en torno a mundos alucinantes regidos por leyes físicas propias: así, llueve hacia arriba, del cielo caen paraguas, el ciclo natural de la semana se ve alterado por la presencia de un “día sobrante"; sus habitantes tienen un comportamiento anómalo y sufren todo tipo de alteraciones físicas y psicológicas: en concreto, de la boca de uno de ellos sale una lámina escrita y desplegada a modo de papel higiénico (“El mes inolvidable”), otro logra distinguir todos los huecos de su cabeza (“Juegos”), otro escupe conejos al toser (“La tos”), o posee tres piernas (“La tercera pierna”) o unos pies con vida propia que le dictan los pasos a seguir (“A modo de lámpara”). En casos extremos, son varios los miembros alterados:

Aquel hombre hablaba por el tubo anal, oía por los ojos, veía por las orejas. Lo que decía era elocuente, distinguiendo con precisión la línea de los ruidos, y veía a gran distancia aunque al andar tropezara con lo que tenía delante (“Sus facultades”).

A veces poseen la capacidad de desdoblarse y contemplarse a sí mismos como si de otro se tratase (“Decapitado”, “Otro”, “El hueco”), y su sombra, relacionada con el doble, suele adquirir vida y forma propias sin vínculo directo con el interesado (“Su sombra”, “Aquella sombra”), o bien la relación que se opera entre ellos es tan fuerte y exclusiva que los otros sienten temor y tienden a crear el vacío a su alrededor. Por último, sus actos se repiten hasta la saciedad creando imágenes oníricas proyectadas en múltiples espejos como algunos de los cuadros de Dalí:

En la miseria un huevo es cena frugal y sueño tranquilo: Le cogí en mis manos y lo casqué para depositarlo en la sartén.

En lugar de la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí. Cascaba un huevo sobre la sartén y salía otro personaje, aún más pequeño, que también se me parecía, con un huevo en la mano.

Y así indefinidamente… (“El huevo cascado”).

Calculó que ya era de día. Incluso creía ver la luz que se colaba por las rendijas y abrió la ventana. Pero tras la ventana había otra, y tras ella otra, y otra, otra, otra… que abría continuamente, a rastras por el túnel que formaban los huecos (“El túnel”).

En ese mundo delirante creado por Fernández Molina, los objetos, como ocurre en los cuentos de Pere Calders o de José María Merino, poseen perfecta autonomía llegando incluso a esclavizar al hombre (“El teléfono”, “El peine”, “Los automóviles”), y casi siempre están dotados de atributos misteriosos o fantásticos, sobre todo los espejos (en conexión con el tema de la identidad y de la incógnita del individuo frente a su personalidad), que permiten al ser humano cruzar al otro lado de la realidad y de sí mismos ( “Al otro lado”, “El final”, “Mis facultades, “El espejo”) y traspasar el tiempo (“El paso del tiempo”). En este último, un hombre logra llegar al País de las Maravillas y se encuentra con Alicia convertida en una anciana repugnante que huele de manera apestosa.

Por su universo literario desfilan estilográficas que escriben con sangre (“La pluma”), libros que pierden letras (“El hueco”), peines que sacan a la superficie las letras del alfabeto que crecen en el cabello reduciendo con ello las facultades intelectuales (“El peine”), trenes que no necesitan raíles para avanzar… Todos estos utensilios extraños e inquietantes poseen una fuerte carga simbólica al igual que los animales que dan vida a algunos de sus microrrelatos llegando a generar verdaderas pesadillas en los humanos (“El ave”, “La mosca”). Un buen exponente de ello es “Las hormigas”, uno de los textos más originales de Fernández Molina, en el que combina las cifras y las letras, la escritura y los signos gráficos –los números son correlativos- para crear la ilusión óptica de una hilera de hormigas que van desfilando por el texto produciendo una sensación de mareo en el lector, equiparable a la que sufre el personaje literalmente devorado por ellas:

LAS HORMIGAS

(… 442.413, 442.414, 442.415, 442.416

Cuando salió la primera hormiga no le

442.417, 442.418, 442.419, 442.420

di importancia y creí que después de la

442.421, 442.422, 442.423, 442.424

excursión se habría quedado escondida

442.425, 442.426, 442.427, 442.428

debajo de la uña del dedo gordo del pie

442.429, 442.430, 442.431, 442.432

pero salió otra y otra. Hace tiempo

442.433, 442.434, 442.435, 442.436

que me ha desaparecido parte de la pier

442.437, 442.438, 442.439, 442.440

na. Comienza a nublárseme la vista, las

442.441, 442.442, 442.443, 442.444

hormigas siguen saliendo, sale otra y

442.445…

otra, otr…

Consciente de que toda realidad es suceptible de diferentes miradas, el autor busca en ella los aspectos más significativos, indaga en esa zona de sombras más allá de la lógica poniendo en entredicho los límites entre realidad y ficción.

 

[El presente texto es un extracto del ensayo:  Del microrrelato surrealista al transgenérico (Antonio Fernández Molina y Julia Otxoa), Congreso de Microficción en la Universidad de Playa Ancha Valparaíso, 24-26 de agosto de 2004, Irene Andres-Suárez, Universidad de Neuchâtel, Suiza]

Si el lector desea leer el ensayo completo puede dirigirse al enlace:

http://www.juliaotxoa.net/textos/sobrejulia/ireneandres.pdf

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