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antonio fernández molina

Cae la nieve en el centro del verano por José María de Montells

Cae la nieve en el centro del verano por José María de Montells

Cuando recibí la llamada telefónica de Gradolí, diciéndome que A. F. Molina había dado el alma, sentí como una puñalada de frío me traspasaba el corazón. Una artera y gélida puñalada que me silenció un tiempo. No supe qué decir y musité una oración. Poco antes de morir, había hablado con él, sobre la posibilidad de publicar un libro suyo en "las patitas de la sombra". Me dijo que prepararía un texto para nosotros. Pero la parca se lo llevó sin que enviase nada. Recordé enseguida que guardaba, como oro en pañi, un inédito de A. F. molina. Me lo remitió en el 2000, cuando teníamos el proyecto de sacar una revista que quedó en el limbo.

Aquí está. Lo había bautizado Musgo. El musgo que crece sobre nuestra huesa, mientras realizamos la hazaña de vivir. Fernández Molina era muy consciente de que vivir es ir muriendo. Lo dicen en este Nada sucede luego que ahora presenta la colección "las patitas de la sombra", compuesto de los poemas aforísticos de Musgo y de otros poemas, fechados todos ellos en 1974, que me hizo llegar su hija Ester.

Uno donde más se reconoce es leyendo poesía. Me ocurre además que si leo poesía iluminada o turbadora, me pongo de buen humor y estoy mucho más lúcido que de costumbre. Leo Cae la nieve en el centro del verano que es un afortunado verso de A. F. Molina y veo el mundo de otra manera y las cosas me parecen mejor, más cercanas a la humana condición.

A don Antonio Fernández Molina le conocí, según me contaba él, en una exposición de pintura. Yo creo, aunque mi memoria no es muy fiable, que lo presentó Alfonso López Gradolí, bebimos cerveza, nos reímos mucho y hablamos de poetas algunos conocidos y otros olvidados. De esto hará treinta años. Desde aquella fuimos amigos. Era un santo, lleno de luz. A mi admirado A. F. siempre que le leo, le rememoro cuando venía a mi oficina, en la calle Valverde y fulguraba la Gran Vía con su luz.

Era la suya, una luz distinta, una luz fantástica y traslúcida. O mejor: Una luz fanlúcida y trastántica que le retrataba. La luna había besado su perfil de prócer y le había dejado esquirlas blancas. Hablo de esa clase de luz. La que cae como la mansa nieve en el centro del verano.

A A. F. Molina no se le puede encasillar, su obra trasciende los géneros y se extiende, procelosa, por la novela (Solo de trompeta, Rin-tin-tin cruzando los alpes, El león recién salido de la peluquería, Un caracol en la cocina, etc), el ensayo (Picasso, escritor, etc.), el cine (La guerra de los cien años y otros guiones cinematográficos), la pintura (innumerables exposiciones) y la poesía.

Todo es uno y lo mismo, pero él, respetuoso con los cánones, se empeñaba en seguir la corriente, para facilitarnos un acercamiento más fácil, más sencillo. Con todo, para mí tengo que A. F. Molina escribía siempre poesía, aunque oficialmente hiciera otra cosa, es decir, sus poemas están en todo lo que ha escrito y en todo lo que ha pintado. Este Nada sucede luego es una buena prueba, un libro profundo y leve, casi transparente, lírico y extraño, lleno de luz.

El poeta fue un raro. El más grande raro de la literatura contemporánea española. Y nuestra literatura, que conste, no es pródiga en raros, ni los soporta. Nuestra cultura oficial tiende a la uniformalización, porque le molestan los que van a su aire. A. F. Molina siempre fue a su aire.

La aventura, el riesgo, el azar y lo onírico, son características esenciales de la obra de Molina. También el infierno. Este infierno íntimo con el que siempre convivimos. Como en su pintura, A. F. Molina abandonó los escenarios renacentistas de Piero della Francesca, para instalarse en un paisaje infernal, que tiene algo de mágico.

Si hubiera que definir su obra toda, deberíamos decir que, en realidad, ni escribe ni pinta, hace magia, ejerce de hechicero. Por eso, su poesía, y también su pintura, está en el límite de los terrorífico y lo inocente. Molina es el médium, del que se valen los ángeles y los diablos para expresar, lo que no nos ha sido dado expresar. Y añado que fue original, singular, único, sorprendente, en un panorama tan necesitado de voces únicas.

Porque, nunca como hoy, gozamos de un panorama lírico tan poblado de poetas menores, mediocres y aburridos. En España, algunos surrealistas oficiales que han recogido los críticos y están en las antologías, pasan por cimas del pensamiento patrio, pero A. F. Molina es el surrealismo en estado puro. Yo he dicho en público que si Molina fuera francés, ya estaría en los altares junto a Breton, Ernst o Mallarmé. En España, no hay mejor cosa que morirse para llegar a genio. Molina fue un genio en vida, que ahora descubrirán algunos.

Decía Hölderlin que los poetas mienten, que el poema es una invención sobre una realidad predeterminada. En el caso que nos ocupa, se equivocaba. A. F. Molina no mentía ni poco ni mucho. No lo necesitaba.

La suya es la poesía de la realidad que no se ve, fiel reflejo de un mundo inalcanzable para el común de los mortales. Por eso le necesitamos ahora, por transitar seguros por los vericuetos de lo inesperado, que él, generosamente brindaba a quien le seguía.

A. F. Molina es el descubridor de un nuevo mundo. Un Cristóbal Colón que conoce el camino de los lugares imposibles y desconcertantes, donde el olvido habita. Ya se sabe que las fotografías realizadas desde los satélites, ya sea el Meteosat o el Apolo de turno, no reflejan el mundo. Para poder verlo bien y cumplidamente, para conocerlo de verdad, necesitamos del taumaturgo, del hombre que posee el remedio milagroso qeu cura nuestros miedos.

A. F. Molina lo tenía. Fernando Arrabal, otro raro de nuestra literatura, en el prólogo del primer tomo de sus Poesías Completas, le llamaba genio. No hay más que empezar a leerle y el leedor sabrá que se enfrenta a un coloso.

A. F. Molina, era y es un genio a marchamartillo, a rajatabla, que no comulgaba con ruedas de molino. Que era incapaz de pactar. Que fue fiel a los demás, porque se mantenía fiel a sí mismo. Un genio fanlúcido y trastántico que ilumina al lector con su ilógica luz. Verdaderamente, ya sé que, ahora que ha partido de este mundo, cae la nieve en el centro del verano.


José María de Montells

© José María de Montells


[Este texto excelente y justo sirvió de prólogo al libro póstumo Nada sucede luego (Las patitas de la sombra, Madrid, 2005)]

1 comentario

Marisa -

¡Que descripción tan perfecta de Antonio y qué bien escrita! Felicidades