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Fernández Molina: "Nuestro 'realismo mágico' desarticuló el tremendismo"

Fernández Molina: "Nuestro 'realismo mágico' desarticuló el tremendismo"


La “generación del 51” en su puesto

Fernández Molina: “Nuestro ‘realismo mágico’ desarticuló el tremendismo”


Madrid (E. Alcalá) Al rompeolas de Madrid, para presentar uno de sus libros —una magnífica “Antología de poesía modernista”—, ha llegado Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, 1927), el poeta y pintor, narrador y novelista que es, hoy por hoy, el “eslabón perdido” de la llamada “generación del 51”, tantas veces oculto por las olas y contraolas de la moda literaria y otras tantas aparecido y reaparecido. Fernández Molina perteneció, en lo que su arriscada y anárquica personalidad podía permitir, a la escuadrilla de poetas que, al flanco del postismo y superadores de su grugueresca retórica consiguieron sobrevivir, por sobre la marea asfixiante del realismo monótono y de la poesía encastillada y formalista.

Alejado en Universidades extranjeras, aunque con presencias temporales de ida y vuelta, Ángel Crespo, y desaparecido tristemente Gabino Alejandro Carriedo, con los que formaba una trinca irrespetuosa, pero estimulante, Antonio Fernández Molina sigue batallando en solitario ahora desde Zaragoza como un escritor genuino. En estos momentos hablar de su poesía es gratificante y hablar de sus novelas tampoco resulta ocioso. Ha vuelto la afición por la vanguardia y Antonio Fernández Molina ha sido y es —y suponemos que seguirá siendo siempre— un escritor vanguardista.


—Creo que en tomo a los años 50-51 hubo dos generaciones. Una la nuestra, la del postismo que dio lugar a “El pájaro de paja”, “Doña Endrina”, “Trilce”, “Haliterses”, etcétera, sin relación con la otra que podía fijarse en torno a Claudio Rodríguez. No existía ninguna relación entre las dos. De la mía, las características principales radican en el interés por las artes plásticas. Fue un grupo que se preocupó por el informalismo y consiguió que fuese aceptado por “el paso”. Yo he terminado siendo pintor.


—¿Cómo era vuestra poesía?
—Una consecuencia del descubrimiento del postismo. Tenía una preocupación social, pero con matices distintos del tremendismo, absorbidos por una vía lúdica del cine mudo, de lo circense. Algunos poetas del grupo no disimulan su interés por Gómez de la Serna, al fin y al cabo un personaje que asume todos los movimientos de vanguardia. La “generación del 51” se interesa por la poesía primitiva española, está abierta a la poesía portuguesa, etcétera.

Descubrir a Pessoa

Fernández Molina se ve dentro de ese grupo —ya perfectamente caracterizado dentro de las corrientes estéticas españolas— con una peculiaridad y es la de considerarse el escritor más influido por el postismo.
—Empecé escribiendo una poesía de ambiente rural mágico, a la vez que una poesía de tipo místico al modo de Rilke. El trasfondo postista me venía a través de Carriedo y de Crespo. Hago surrealismo en “Biografía de Roberto G.”, en “El cuello cercenado”, en “Semana libre”. Curiosamente un día descubrió en una revista a Fernando Pessoa, y se lo digo a Ángel Crespo y empezamos a difundirlo.
—¿Quizá por eso te expresas en colaboración poetas heterónimos?
—Desde luego. Hay uno muy inicial que es Roberto Goa (el Roberto G.) y luego me apoyo en Mariano Meneses (en el libro “En la tierra”, “De un lado para otro”). Pero a partir del 50-51 descubro a Lorca y me sumerjo en los valores plásticos. Valores que llevo sin solución de continuidad a mis novelas y relatos. Mi estado de ánimo es el mismo que en mi poesía. Escribo haciendo un poema: “Solo de trompeta”, “Un caracol en la cocina”, “El león recién salido de la peluquería”, el cuento “Adolfo, de perfil”, en “Cuadernos Hispanoamericanos”.



Un independiente

—¿Cuál es tu equidistancia del socialrealismo?
—En esos libros y en mis cuentos como en “Pompón”, “Cejunta y Gamud”, “Arando en la madera” yo me anticipé a las corrientes en boga. Siempre he sido una persona independiente. Si tuviera que señalar lo más esencial diría que soy un poeta fundamentalmente que pinta, escribe relatos, novelas, ensayos y piezas teatrales. Aunque pienso que aprendía a escribir leyendo a Bécquer y a pintar, mediante la visión de Lorca. Me costaría elegir un libro pero este sería sin duda “El cuello cercenado” que enlaza precisamente el vanguardismo con el poeta sevillano (sic).
—Tu último libro “Entre las cañas huecas”, vuelve a restablecer tu interés por la poesía.
—Es un libro más sabio que “El cuello cercenado”, vital y más nacido de lo profundo de mi alma. Un poemario lírico-místico, irremediablemente un poeta pertenece a su época. Y ahora yo, por mi edad, me encuentro en un período reflexivo de mi existencia. Y nunca me inserto en las corrientes en boga, voluntariamente. Tampoco considero al arte como una creencia o una filosofía. Busco el matiz de la ambigüedad porque es el que amplifica el mensaje. Un poema no debe ser demasiado claro si quiere dejar un margen de sugerencia.
Justamente la sugerencia que la obra de Fernández Molina ha conservado a través del tiempo. Por su lozanía imaginativa y su libertad vanguardista. Que al fin han encontrado su reconocimiento.

[Esta entrevista se publicó el miércoles 5 de mayo de 1982.]

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