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"Hemos de perdernos con Antonio Fernández Molina" por José Corredor Matheos

"Hemos de perdernos con Antonio Fernández Molina" por José Corredor Matheos


Durante muchos años, Antonio Fernández Molina ha vivido proscrito, rodeado de gallinas —diría él—, sin que la gente, salvo los amigos próximos y muchos desconocidos, lejanos, supieran el poeta que llevaba dentro y fuera. En Madrid y en Palma su vida ha sido discreta como si siguiese en Alcázar —su pueblo y el mío— o en el pueblo de su mujer, que es donde le dedicaran una calle con esa placa que él apedreaba ya de niño. Ese era Antonio Fernández Molina, el poeta a quien conocía la mafia poética de los años cincuenta a través de sus versos publicados en las mil y una revistas de poesía de la época.
Entonces uno sabía a qué atenerse: A. F. M. era poeta como otros eran católicos o electricistas, y el mundo estaba bien cuadriculado con sus matrimonios, sus últimas guerras coloniales, sus Universidades, sus ideologías políticas claras y distintas. Pero un día A.F.M. se puso a dibujar. Las iglesias le salieron herejías de derecha y de izquierda y el hombre se puso en órbita en torno a la Tierra cada vez más lejos de ella, sin embargo. La afición quizá la tenía de tiempo —eso es, al menos, lo que siempre se dice– pero el caso es que empezó tarde aunque —bien se ve— a tiempo. Él sabe que al principio no me lo tomaba en serio. Ya se le pasará, pensaba. Yo seguía viendo al poeta en palabras y cuando me enseñaba aquellos primeros dibujos le ponía buena cara —el disfraz de crítico me lo había dejado en la puerta de su casa—, y sin más nos comíamos lo que nos había preparado su mujer y nos bebíamos buenos vasos de buen vino en compañía de Gonzalo de Berceo, que por entonces corregía pruebas en la revista de Camilo.
Un día de pronto A. F. M. nos sorprendió con unos dibujos extraordinarios y no tuve más re medio que tomarle en serio: la cosa, además no estaba para bromas, porque entretanto había expuesto —con un catálogo presentado por mí, además— y era preciso reconocer —me constaba, quizá por envidia— que aquello tenía imaginación y gracia.

Su poesía con tanto dibujar, se ha ido haciendo más profunda cada día y más visual, y sus dibujos más poéticos de modo que ya se ha visto claro que los unos nacían para ilustrar a los otros y viceversa y que nada podría impedir que A.F.M. siguiera dibujando unos poemas tan bellos y escribiendo tan hermosos dibujos.
Ahora A.F.M. uno y trino, dotado del don de la ubicuidad como es bien sabido, nos inviste a nosotros de este poder de modo que nos es dado estar a la vez en dos exposiciones suyas y en el lanzamiento de un libro suyo también contentos de poder hacerlo y enriquecidos por ello. Esta exposición de Populart puede darnos idea de cual es su mundo, de qué criaturas son las que revolotean en torno a él mientras duerme.
Este libro, palabras mayores que ha mentido Editorial Lumen en el embudo (*) de su magnífica colección Palabra Menor, es pura poesía. Para decirlo con palabras que son también suyas está hecho con pájaros que se han convertido en letras al caer al suelo y es también como piedras que al ascender se vuelven pájaros, y que nos golpean una y otra vez haciéndonos ver unas estrellas que son verdad, que están ahí, a nuestros pies.
Confieso que este libro me ha producido gran impresión. Ahora veo con claridad que la lluvia cae hacia arriba, que vemos lo que estamos dispuestos a inventarnos, que la existencia entera cabe en un bolsillo del gabán y que éste es acaso su sitio definitivo.
La verdadera poesía es cada día más rara. No hay tiempo a no ser para hombres como él, que parecen tenerlo para todo, cuando es casi seguro que pasan la mayor parte del día contemplando trascendentalmente la pared del patio de su casa, el cielo o si acaso una gallina. “No comprendes nada —dice—. Todo anda de cabeza”. Por esto ha escrito este libro sentado boca abajo, en el techo adonde le llevan los pies sin sentir, para que a través de su experiencia de iniciado sea posible que nosotros entendamos. Él no nos da la solución. Los que tal pretenden —escribe aquí a propósito de un libro que no era para leer, que había escrito alguien— están equivocados. “Esto es un laberinto”. Y en él —digo yo— hemos de perdernos. Por una vez, no hagan caso al poeta y no arrojen el libro, como aconseja, hasta que se hagan perfectamente cargo de cuál es nuestra situación. Entretanto, ¡buena suerte!

© José Corredor Matheos

[El texto fue publicado en Informaciones de las Artes y las Letras el 7 de marzo de 1974].

[ * José Corredor Matheos se refiere al libro de Antonio Fernández Molina Dentro de un embudo.]

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